NOTAS DE ELENA 2013Jueves 3 de enero:
El Creador entre nosotros

Durante la fiesta de bodas de Caná de Galilea, a la cual asistió Cristo, se descubrió que por alguna causa la provisión de vino no había sido suficiente. Esto produjo mucha perplejidad y pesar. No era lo acostumbrado no servir vino en tales ocasiones, y su carencia podría parecer falta de hospitalidad…
Cuando llegó el momento, el milagro realizado por Cristo fue re-conocido. Tan pronto como el maestro de ceremonias de la fiesta acercó el vaso a los labios y probó el vino, miró con una mezcla de alegría y sorpresa. El vino era de superior calidad, y nunca había probado uno igual. Y era vino sin fermentar. Dijo al novio: “Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú ha s reservado el buen vino hasta ahora” (Juan 2:10).
Cristo no se acercó a los cántaros ni tocó el agua; simplemente los miró y con solo eso se convirtió en el puro jugo de la vid, claro y pu-rificado. ¿Qué efecto tuvo este milagro? “Sus discípulos creyeron en él” (versículo 11)… Mediante este milagro Cristo también dio eviden-cias de su misericordia y compasión. Manifestó que se preocupaba por las necesidades de los que lo seguían para escuchar sus palabras llenas de conocimiento y sabiduría (Cada día con Dios, p. 366).
Cristo no realizó nunca un milagro que no fuese para suplir una necesidad verdadera, y cada milagro era de un carácter destinado a conducir a la gente al árbol de la vida, cuyas hojas son para la sani-dad de las naciones. El alimento sencillo que las manos de los discí-pulos hicieron circular, contenía numerosas lecciones. Era un menú humilde el que había sido provisto; los peces y los panes de cebada eran la comida diaria de los pescadores que vivían alrededor del mar de Galilea.
Cristo podría haber extendido delante de la gente una comida opípara pero los alimentos preparados solamente para satisfacer el apetito no habrían impartido una lección benéfica. Cristo enseñaba a los concurrentes que las provisiones naturales que Dios hizo para el hombre habían sido pervertidas. Y nunca disfrutó nadie de lujosos festines preparados para satisfacer un gusto pervertido como esta gente disfrutó del descanso y de la comida sencilla que Jesús le pro-veyó tan lejos de las habitaciones de los hombres (El Deseado de to-das las gentes, p. 334).
El milagro de Cristo de restaurar la vista del hombre que había nacido ciego fue una evidencia convincente de la divinidad de su misión (Review and Herald, 11 de febrero, 1902).

El Señor Jesús conocía la prueba por la cual estaba pasando el hombre, y le dio gracia y palabras, de modo que llegó a ser un testi-go por Cristo. Respondió a los fariseos con palabras que eran una hiriente censura a sus preguntas. Aseveraban ser los expositores de las Escrituras y los guías religiosos de la nación; sin embargo, había allí Uno que hacía milagros, y ellos confesaban ignorar tanto la fuen-te de su poder, como su carácter y pretensiones. “Por cierto, maravillosa cosa es ésta –dijo el hombre- que vosotros no sabéis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye a los peca-dores; mas si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a éste oye. Desde el siglo no fue oído, que abriese alguno los ojos de uno que nació ciego. Si éste no fuera de Dios, no pudiera hacer nada” (El Deseado de todas las gentes, pp. 439, 440).

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