NOTAS DE ELENA 2013Jueves 10 de enero:
La palabra todopoderosa de Dios
“Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejérci-to de ellos por el aliento de su boca” (Salmo 33:6).
El mundo material se halla bajo el control divino. Toda la natura-leza obedece las leyes que la gobiernan. Todas las cosas hablan acer-ca de la voluntad del Creador y la practican. Las nubes, la lluvia, el rocío, la luz del sol, los chubascos, el viento, la tormenta, todos están bajo la supervisión de Dios y le rinden obediencia implícita a Aquel para quien trabajan. La plantita diminuta sale de la tierra, primero corno hierba, luego espiga, y después el grano lleno en la espiga. El Señor los usa como sus siervos obedientes, para hacer su voluntad.

Primero se ve el fruto en el capullo, que contiene a la futura pera, durazno, o manzana, y el Señor los desarrolla en el momento ade-cuado, porque ellos no se resisten a su obra. No se oponen al orden de sus disposiciones. Sus obras, tales como se ven en el mundo natu-ral, no se comprenden ni se valoran, ni siquiera en un cincuenta por ciento. Estos predicadores silenciosos enseñarán sus lecciones a los seres humanos, si tan solo quieren ser oidores atentos…
Dios habló, y sus palabras crearon las obras del mundo natural. La creación de Dios no es sino un almacén de medios, listos para que él los emplee instantáneamente en realizar lo que le plazca. No hay nada que sea inútil, pero la maldición permitió que el enemigo sem-brara espinas y cardos. ¿Podrá ser que únicamente los seres raciona-les causen confusión en nuestro mundo? ¿No habremos de vivir para Dios? ¿No lo hemos de honrar? Nuestro Dios y Salvador es Omnisa-piente, todo suficiente. Vino a este mundo para que su perfección se pudiera revelar en nosotros (Exaltad a Jesús, p. 60).

Al espaciarse en las leyes de la materia y de la naturaleza, muchos pierden de vista la intervención continua y directa de Dios, si es que no la niegan. Expresan la idea de que la naturaleza actúa indepen-dientemente de Dios, teniendo en sí y de por sí sus propios límites y sus propios poderes con que obrar. Hay en su mente una marcada distinción entre lo natural y lo sobrenatural. Atribuyen lo natural a causas comunes, desconectadas del poder de Dios. Se atribuye poder vital a la materia, y se hace de la naturaleza una divinidad. Se supo-ne que la materia está colocada en ciertas relaciones, y que se la deja obrar de acuerdo a leyes fijas, en las cuales Dios mismo no puede in-tervenir; que la naturaleza está dotada de ciertas propiedades y suje-ta a ciertas leyes, y luego abandonada a sí misma para que obedezca a estas leyes y cumpla la obra originalmente ordenada.
Esta es una ciencia falsa; en la Palabra de Dios no hay nada que pueda sostenerla. Dios no anula sus leyes, sino que obra continua-mente por su intermedio y las usa como sus instrumentos. Ellas no obran de por sí. Dios está obrando perpetuamente en la naturaleza. Ella es su sierva, y él la dirige como a él le place. En su obra, la naturaleza atestigua la presencia inteligente y la intervención activa de un Ser que actúa en todas sus obras de acuerdo con su voluntad. No es por un poder original inherente a la naturaleza cómo año tras año la tierra produce sus dones y continúa su marcha en derredor del sol. La mano del poder infinito obra de continuo para guiar este pla-neta. Lo que le conserva su posición en su rotación es el poder de Dios ejercitado momentáneamente (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 259).
Semejante a la teoría referente a la evolución de la tierra es la que atribuye a una línea ascendente de gérmenes, moluscos y cuadrúpe-dos, la evolución del hombre, corona gloriosa de la creación.

Cuando se consideran las oportunidades que tiene el hombre para investigar, cuando se considera cuán breve es su vida, cuán limitada su esfera de acción, cuán restringida su visión, cuán frecuentes y grandes son los errores de sus conclusiones, especialmente en lo que se refiere a los sucesos que se supone precedieron a la historia bíbli-ca, cuán a menudo se revisan o desechan las supuestas deducciones de la ciencia, con qué prontitud se añaden o quitan millones de años al supuesto período del desarrollo de la tierra y cómo se contradicen las teorías presentadas por diferentes hombres de ciencia; cuando se considera esto, ¿consentiremos nosotros, por el privilegio de rastrear nuestra ascendencia a través de gérmenes, moluscos y monos, en desechar esa declaración de la Santa Escritura, tan grandiosa en su sencillez: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó”? ¿Desecharemos el informe genealógico más magnífico que cualquiera atesorado en las cortes de los reyes: “Hijo de Adán, hijo de Dios”? Debidamente comprendidas, tanto las revelaciones de la ciencia como las experiencias de la vida están en armonía con el tes-timonio de la Escritura en cuanto a la obra constante de Dios en la naturaleza (La educación, p. 130).

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