Jueves 15 de noviembre:

Orando en todo tiempo

La vigilancia se necesita ahora más que nunca antes en la historia de la humanidad. Hay que apartar los ojos de la vanidad. Hay que des­aprobar decididamente la ilegalidad que predomina en esta época. Que nadie piense que no está en peligro. Mientras viva Satanás, desplegará esfuerzos constantes e incansables para lograr que el mundo sea más malvado que antes del diluvio, y tan licencioso como eran los habitantes de Sodoma y Gomorra. Los que temen a Dios deberían orar diariamente para que él preserve sus corazones de los deseos pecaminosos, y forta­lezca sus almas para que resistan la tentación. Los que confiados en sus propias fuerzas no creen que es necesario velar, están al borde de una humillante caída. Todos los que no sientan la importancia de proteger resueltamente sus afectos, serán cautivados por los que practican el arte de entrampar y descarriar a los desprevenidos. Los hombres pueden tener un conocimiento de las cosas divinas, y una habilidad para llenar un lugar importante en la obra de Dios, sin embargo, a menos que ten­gan una fe sencilla en su Redentor, serán entrampados y vencidos por el enemigo.

Hay mucha falta de poder moral debido a que se ha descuidado el deber de velar y orar. Por eso tantos que manifiestan una forma de piedad no producen las obras correspondientes. Una descuidada indi­ferencia y una seguridad camal concerniente a los deberes religiosos y las cosas eternas, prevalecen en un grado alarmante. La Palabra de Dios exhorta a orar siempre y velar con toda perseverancia (A fin de conocerle, p. 270).

Aunque haya una atmósfera corrupta y manchada alrededor de nosotros, no necesitamos respirar su miasma; podemos vivir en la atmósfera pura del cielo. Podemos cerrar la puerta a las imaginaciones impuras y los pensamientos malos, elevando nuestra alma en oración a la presencia de Dios. Los que abren su corazón para recibir el apoyo y la bendición divina, caminarán en una atmósfera más santa que la terrena porque estarán en constante comunión con Dios. En cambio, aquellos que solo le piden a Dios pureza y gracia en ciertos momentos y ocasiones, serán vencidos por la tentación, porque sus pensamientos serán impuros, su lujuria los vencerá y los deseos del corazón natural serán cumplidos, haciéndolos fracasar en el conflicto. “Orad sin cesar”, es la orden del Salvador. El corazón debe estar constantemente rogando por la gracia y la presencia de Jesús para que el alma pueda tener la ilu­minación divina y la sabiduría celestial (Signs of the Times, 16 de diciembre, 1889).

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