Notas de Elena - Libro - Segundo trimestre 2013 - Escuela Sabática

Notas de Elena – Libro – Segundo trimestre 2013 – Escuela Sabática

Jueves 16 de mayo:

En lo profundo del mar

“¿Que Dios como tú, que perdonas la maldad, y olvidas el pecado del resto de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque es amador de misericordia” (Miqueas 7:18).

El perdón de Dios no es solamente un acto judicial por el cual nos libra de la condenación. No es solamente el perdón por el pecado, sino también una redención de pecado. Es la efusión de amor redentor que transforma el corazón. David tenía el concepto verdadero del perdón cuando oró: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; y renueva un espíritu recto dentro de mí”. Y otra vez dice: “Cuanto está lejos el orien­te del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones”.

Si dais, arrepentidos, un solo paso hacia él, se apresurará a rodea­ros con sus brazos de amor infinito. Su oído está abierto al clamor del alma contrita. El conoce el primer esfuerzo del corazón para llegar a él. Nunca se ofrece una oración, aun balbuceada, nunca se derrama una lágrima, aun en secreto, nunca se acaricia un deseo sincero, por débil que sea, de llegar a Dios, sin que el Espíritu de Dios vaya a su encuen­tro. Aun antes de que la oración sea pronunciada, o el anhelo del cora­zón sea dado a conocer, la gracia de Cristo sale al encuentro de la gracia que está obrando en el alma humana (La fe por la cual vivo, p. 131).

Cristo pagó por la culpabilidad de todo el mundo y todo el que venga a Dios por fe, recibirá la justicia de Cristo, “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya heri­da fuisteis sanados” (1 Pedro 2:24). Nuestro pecado ha sido expiado, puesto a un lado, arrojado a lo profundo de la mar. Mediante el arrepen­timiento y la fe somos liberados del pecado y contemplamos al Señor, nuestra justicia. Jesús sufrió, el justo por el injusto.

Aunque como pecadores estamos bajo la condenación de la ley, sin embargo Cristo, mediante la obediencia que prestó a la ley, deman­da para el alma arrepentida los méritos de su propia justicia. A fin de obtener la justicia de Cristo, es necesario que el pecador sepa lo que es ese arrepentimiento que efectúa un cambio radical en la mente, en el espíritu y en la acción. La obra de la transformación debe comenzar en el corazón y manifestar su poder mediante cada facultad del ser. Sin embargo, el hombre no es capaz de originar un arrepentimiento tal como éste, y solo puede experimentarlo mediante Cristo, que ascen­dió a lo alto, llevó cautiva a la cautividad y dio dones a los hombres (Mensajes selectos, tomo 1, p. 460).

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