Jueves 22 de noviembre:

El gobierno de la iglesia

 La organización de la iglesia de Jerusalén debía servir de modelo para la de las iglesias que se establecieran en muchos  otros puntos donde los  mensajeros  de  la  verdad  trabajasen  para  ganar  conversos al evangelio. Los que tenían la responsabilidad del  gobierno  general de la iglesia, no habían de enseñorearse de la heredad de Dios, sino que, como prudentes pastores, habían de “apacentar la grey de Dios… siendo dechados de la grey” (1 Pedro 5:2, 3), y los diáconos debían ser “varones de buen testimonio llenos de Espíritu Santo y de sabiduría”. Estos hombres debían colocarse unidamente de parte de la justicia y mantenerse firmes y decididos. Así tendrían unificadora  influencia en la grey entera.

Más adelante en la historia de la iglesia primitiva, una vez constituidos en iglesias muchos grupos de creyentes en diversas partes del mundo, se perfeccionó aun más la organización a fin de mantener el orden y la acción concertada. Se exhortaba a cada uno de los miembros a que desempeñase bien su cometido, empleando útilmente los talentos que se le hubiesen confiado. Algunos estaban dotados por el Espíritu Santo con dones especiales: “Primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero doctores; luego facultades; luego dones de sanidades, ayudas, gobernaciones, géneros de lenguas” (1 Corintios 12:28). Pero todas estas clases de obreros tenían que trabajar concertadamente (Los hechos de los apóstoles, pp. 75, 76).

“Cristo es la cabeza de todo varón”. Dios, quien puso todas las cosas bajo los pies del Salvador, “diólo por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que hinche todas las cosas en todos”. La iglesia está edificada sobre Cristo como su fundamento; ha de obedecer a Cristo como su cabeza. No debe depender del hombre, ni ser regida por el hombre. Muchos sostienen que una posición de confianza en la iglesia les da autoridad para dictar lo que otros hombres deben creer y hacer. Dios no sanciona esta pretensión. El Salvador declara: “Todos vosotros sois hermanos”. Todos están expuestos a la tentación y pueden errar. No podemos depender de ningún ser finito para ser guiados. La Roca de la fe es la presencia viva de Cristo en la iglesia. De ella puede depender el más débil, y los que se creen los más fuertes resultarán los más débiles, a menos que hagan de Cristo su eficiencia. “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo”. El Señor “es la Roca, cuya obra es perfecta”. “Bienaventurados todos los que en él confían” (El Deseado de todas las gentes, pp. 382, 383).

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