«Yo soy la puerta: el que por mí entre será salvo; entrará y saldrá, y hallará pastos» (Juan 10:9).

 Jamás se nos pasaría por la cabeza vivir en una casa o en un apartamento que no tuviera una buena puerta de entrada. Imagino que, además de una o dos cerraduras, la puerta de su casa dispondrá de un cerrojo y, probablemente, una cadena. Algunas puertas pueden tener instalado un sistema de alarma. Es que todo tiene que ver con la seguridad.

¿Qué quiere decir que Jesús es como una puerta? Bueno, él es la seguridad de nuestra alma. Una buena puerta impide que pasen las cosas que podrían ponernos en peligro. Pero incluso una puerta cerrada no es segura del todo. Cada día hay ladrones que las revientan. El noventa y nueve por ciento de las veces que un ladrón entra en una casa para robar lo hace por la puerta o por una ventana. ¿Por qué? Porque por más cerraduras que tengan, la puerta y las ventanas son la parte más débil de la casa. Por lo general, los ladrones no abren un agujero en las paredes de una casa. Cuando Jesús es la puerta del corazón, lo que era la parte más débil de nuestra vida se convierte en la más fuerte y el diablo no puede forzarla.

Los ladrones no son los únicos a los que queremos impedir la entrada en casa. Si no tuviera puertas, tendríamos problemas con la lluvia, con el viento, con los insectos o con los animales. Cuando Jesús es la puerta del corazón, mantiene fuera de nuestra vida todo lo que podría debilitar nuestro crecimiento y nuestra salud espirituales, como por ejemplo: el egoísmo, la mundanalidad, la amargura, la crítica, y el orgullo. Jesús es la seguridad en la que podemos confiar.

Un grupo de botánicos fue de expedición a un lugar de difícil acceso en los Alpes con el fin de encontrar nuevas variedades de flores. Un día, uno de los científicos, mirando a través de los prismáticos, vio una bella y rara especie que crecía en el fondo de un barranco. Para llegar hasta ella, alguien tendría que descolgarse con una cuerda por el precipicio. Viendo a un joven montañés que estaba cerca, le preguntó si los ayudaría a alcanzar la flor. El joven miró, pensativo, hacia el abismo.

—Esperen —dijo—, ahora vuelvo. Y se fue corriendo. Cuando regresó, lo acompañaba un hombre mayor.

—Ahora bajaré por el acantilado y les traeré la flor porque este hombre sostendrá la cuerda, es mi padre.

Padre, por fe, te invito a ser la puerta de mi corazón. Basado en Juan 10:7-9

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