jovenesVengo pronto. Aférrate a lo que tienes, para que nadie te quite la corona. Apocalipsis 3:11, NVI
Elie era apenas un adolescente cuando fue capturado por los alemanes y trasladado junto a su padre a un campo de concentración, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.
Una de las experiencias desagradables que recuerda Elie se produjo cuando un capataz llamado Franek se dio cuenta de que Elie tenía una corona dental; es decir, un diente de oro. De inmediato, el hombre le propuso mejorarle su ración de comida si a cambio le daba su corona. Pero Elie se negó, alegando que sin ella no podría comer.
—Si no me das esa corona, te vas a arrepentir —lo amenazó el capataz.
—Lo consultaré con mi padre —respondió Elie, tratando de ganar tiempo.
—Pregúntale a tu padre, pero quiero una respuesta para mañana.
Aunque su padre se negó, Elie al final aceptó entregar su corona. Lo hizo, no solo pensando en la ración de comida, sino en especial para proteger a su padre, quien tenía serias dificultades para mantener el paso durante las marchas forzadas. Cada vez que el padre de Elie se equivocaba, Franek aprovechaba para golpearlo. Fue así como una tarde, con ayuda de un dentista polaco, Elie aceptó que le arrancaran la corona. A partir de ese momento, el trato de Franek hacia ellos mejoró y lo mismo ocurrió con la ración de comida. Pero la dicha no duró mucho: unas dos semanas después, Franek fue trasladado a otro campo de concentración. Elie se quedó sin su corona y sin su ración extra de comida.
«Cambié mi corona por nada», escribió Elie Wiesel, años más tarde, en su libro Night (Noche; extraído de The Night Trílogy, p. 62).
Nuestro texto de hoy nos exhorta a luchar para que nadie nos arrebate el premio supremo: la corona de la vida eterna. ¿Cómo lograrlo? Las Escrituras nos dan la fórmula ganadora: tenemos que despojarnos del «pecado que nos enreda», y correr «con fortaleza la carrera que tenemos por delante» (Heb. 12:1), puestos los ojos en Jesús, el campeón de nuestra fe. Que no te pase como a Esaú, que cambió la primogenitura por un plato de lentejas; o como a Judas, que cambió su corona por treinta piezas de plata.  Fija hoy tus ojos en Cristo.  Él es la perla de gran precio, tu tesoro más valioso.  Y cambiar ese tesoro… ¡No, señor! ¡Por nada del mundo!
Padre celestial gracias por darnos en Cristo el tesoro más valioso del universo.

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