«El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo. Entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero» (1 Tesalonicenses 4:16).

 Jesús y sus discípulos habían pasado algún tiempo de visita en un lugar que les era conocido, junto al Jordán, allí donde Juan el Bautista solía predicar. Es muy probable que en aquel tiempo, recordando a su fiel primo, Jesús sintiera una gran melancolía. Sin embargo, centró su atención en la mucha gente que había acudido a escucharlo.

Mientras estaban allí, un mensajero corrió al encuentro de Jesús con la noticia de que su amigo Lázaro estaba muy enfermo. Sus palabras exactas fueron: «Señor, el que amas está enfermo» (Juan 11:3).

Tras escuchar el mensaje, Jesús aseguró a sus discípulos: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (vers. 4). Dicho esto, sin dar más explicaciones, se entretuvo en el lugar durante dos días, después de los cuales dijo a los discípulos: «Vamos de nuevo a Judea» (vers. 7).

Tras un breve debate sobre el peligro de volver a Judea, Jesús dijo: «”Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo”. Dijeron entonces sus discípulos: “Señor, si duerme, sanará”. Jesús decía esto de la muerte de Lázaro, pero ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño. Entonces Jesús les dijo claramente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis; pero vamos a él”» (vers. 11-15).

A la muerte de un creyente Jesús la llama «sueño». La muerte de Lázaro, como la de la hija de Jairo, era, definitivamente, un sueño porque pronto serían resucitados. Por tanto, si estamos seguros de que al fin resucitaremos, ¿por qué habría de ser diferente para nosotros? Cuando muere, el cristiano, sencillamente, duerme. Descansa de los afanes de esta vida y espera la mañana de la resurrección. «Perece el justo, pero no hay quien piense en ello. Los piadosos mueren, pero no hay quien comprenda que por la maldad es quitado el justo; pero él entrará en la paz. Descansarán en sus lechos todos los que andan delante de Dios» (Isa. 57:12, 2; ver también 1 Tes. 4:14-16).

«Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras» (1 Tes. 4:18). Basado en Juan 11:1-44

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