Jueves 6 de diciembre:

El sábado y el evangelio

Dios dio el sábado a su pueblo como una continua  señal  de su amor y misericordia, así como de la obediencia de ellos. Así como él descansó en ese día y lo bendijo, desea que su pueblo descanse y sea bendecido. Habría de ser un recordatorio constante de que ellos estaban incluidos en su pacto de gracia. A través de las generaciones -<lijo­ será la señal de que yo soy el que os santifico, y que os he elegido y separado como mi pueblo peculiar. Al guardar el sábado, daréis testimonio a todas las naciones de la tierra de que sois mi pueblo elegido (Review and Herald, 28 de octubre, 1902).

La Divinidad se conmovió de piedad por la humanidad, y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se dieron a sí mismos a la obra de formar un plan de redención. Con el fin de llevar a cabo plenamente ese plan, se decidió que Cristo, el Hijo unigénito de Dios, se entregara a sí mismo como ofrenda por el pecado. ¿Con qué se podría medir la profundidad de este amor? Dios quería hacer que resultara imposible para el hombre decir que hubiera podido hacer más. Con Cristo, dio todos los recursos del cielo, para que nada faltara en el plan de la elevación de los seres humanos. Este es amor, y su contemplación debiera llenar el alma con gratitud inexpresable. ¡Oh, cuánto amor, cuánto amor incomparable! La contemplación de este amor limpiará el alma del egoísmo. Hará que el discípulo se niegue a sí mismo, tome su cruz y siga al Redentor.

El establecimiento de iglesias y sanatorios es tan solo una manifestación adicional del amor de Dios, y en esta obra debiera participar todo el pueblo de Dios. Cristo formó su iglesia aquí abajo con el propósito expreso de manifestar la gracia de Dios por medio  de sus miembros. Su pueblo debe levantar monumentos conmemorativos de su sábado en todo el mundo, que es la señal entre él y ellos de que es él quien los santifica. De este modo deben demostrar que han vuelto a su lealtad y que permanecen firmes en favor de los principios de su ley (Consejos sobre la salud, pp. 219, 220).

 

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