Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. (Lucas 1:30).

 La promesa de los siglos estaba a punto de convertirse en realidad. Era el momento oportuno para colocar, en el seno materno seleccionado, la simiente divina que habría de redimir a la humanidad caída, según la promesa manifestada a Adán y Eva. María, como toda mujer, anhelaba el privilegio de ser madre. Por esa razón no pudo ocultar su gozo cuando José le pidió que fuera su esposa. Cuán lejos estaba de imaginar que todo cambiaría abruptamente. Grande fue su sorpresa cuando el curso de los eventos cambió, muy por encima de sus sueños y contra todas las costumbres y tradiciones de la época. La llegada del Mesías prometido le era anunciada mediante un ángel que exclamaba: «Has sido tú la gran favorecida de Dios, el Señor está contigo; bendita eres y serás entre todas las mujeres, porque llevarás en tu vientre al Redentor de la humanidad».

Sobrecogida por lo espectacular del momento, María enmudeció, se sintió confundida y tuvo temor. Pero el ángel continuó diciendo: «María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús» (Luc. 1:30-31). Mientras, ella pensaba: «¿Cómo podrá esto suceder si no estoy casada?». Pero el ángel no le dio tiempo a expresar sus dudas.

Como mujer dispuesta a obedecer, pudo finalmente decir con humildad: «Aquí está la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra» (Luc. 1:38). Marta finalmente alaba a Dios. Como depositaría de esa simiente eterna, ella asumió con humildad y obediencia el bendito privilegio para el que fue llamada por el dador de la vida.

«Cristo, el Inmaculado, sobre quien se derramó el Espíritu Santo sin medida, reconoció constantemente su dependencia de Dios, y buscó renovada provisión de la Fuente de poder y sabiduría. Cuánto más los seres finitos y falibles deberían sentir esta necesidad de ayuda divina» (A fín de conocerle, p. 250).

Alabo a Dios por el evangelio de Jesucristo y por su llamamiento santo. Asimismo por el privilegio que me concede como su colaboradora en la perpetuación de la vida

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