Lección 1 | Domingo 1 de octubre 2017 | Misión cumplida | Escuela Sabática Joven

DOMINGO 1° OCTUBRE
MISIÓN CUMPLIDA
Logos | Hech. 18:1-18; 28:16-31; Rom. 1:8; 15:20-27; Heb. 2:9 La fidelidad de Dios (Hech. 18:9-11)
Como misionero, Pablo tuvo el objetivo de alcanzar centros comerciales, capitales con culturas diversas y colonias romanas. Como estos lugares tenían personas de diferentes orígenes, Pablo sabía que el evangelio sería llevado por sus oyentes a diferentes partes del planeta. Este hombre misionero utilizó una estrategia directa y simple. Comenzaba su obra de evangelismo en las sinagogas locales, dirigiéndose a la comunidad judía. Cuando ellos se resistían, se volvía hacia una audiencia no judía. Igualmente, no le faltaron desafíos. Más allá de su carácter audaz, su determinación absoluta y su valentía inquebrantable, Pablo menciona momentos en que se sintió temeroso, débil y angustiado (1 Cor. 2:3; 1 Tes. 3:7). Pero, ante desafíos desalentadores, Pablo dependía de la fidelidad de Dios. Cuando se le terminaban los recursos para financiar el evangelismo y sus necesidades personales, dependía de la provisión de Dios.
Dios también fue fiel en generar nuevos conversos, aun frente a una oposición feroz. Dios combatió el pecado con la gracia, llevando a quienes habían sido ladrones, adúlteros, estafadores, y muchas otras cosas, a entregar su corazón al evangelio. Por sobre todo, Dios fue fiel en proveer protección, confirmar su presencia y probar su propósito (Hech. 18:9,10).
En muchas ocasiones, cuando nos encontramos frente a objetivos misioneros, ponemos excusas. No nos damos cuenta de que solamente somos instrumentos que Dios usa para cumplir su propósito. Como en el caso del apóstol Pablo, Dios ya tiene grandes planes para asegurarse de que tengamos éxito en el ministerio. Lo hizo por Pablo; también lo puede hacer por nosotros. Solo debemos responder dando un servicio fiel.
Ambición más allá de la tumba (Rom. 15:20-27)
En Romanos 15, Pablo nos llama a darnos cuenta de que todo es posible cuando permitimos que Dios trabaje con nosotros y a través de nosotros. Las personas tienen distintas ambiciones que quieren lograr en la vida. Muchos le dan la prioridad al dinero, la familia, la educación o el placer. Sin embargo, los cristianos deberíamos ser impulsados por una ambición más grande: una aspiración que dura mucho más que esta vida. Después de su conversión, Pablo utilizó su tiempo para lograr un objetivo noble. Viajó grandes distancias y pasó por muchos sufrimientos para establecer el evangelio de Cristo en lugares a los que no había llegado.
Una de las lecciones que aprendemos de este texto es que un siervo de Dios debe hacer planes para impulsar sus ambiciones misioneras hacia adelante. Pablo recorrió gran parte del Imperio Romano evangelizando y plantando iglesias. Era un hombre con unos pocos amigos que compartían una misma causa; no podían estar en todas partes al mismo tiempo. Sin embargo, Pablo se mantuvo en contacto con los lugares que había visitado y los que visitaría. Se comunicó con los hermanos de Roma antes de su visita y, mientras estuvo allí, escribió cartas afectuosas a las iglesias que había ayudado a establecer en otros lugares.
Dios siempre encontrará la forma, a través de sus siervos leales, de asegurarse de que la misión tenga éxito. En este texto, podemos ver a Pablo movilizando a hermanos y a hermanas en “Macedonia y Acaya [que] tuvieron a bien hacer una colecta para los hermanos pobres de Jerusalén” (Rom. 15:26).
“Aparentemente, muchas de las personas que se habían vuelto del judaismo a Cristo habían perdido sus trabajos y habían sido condenados por sus familias. Pablo les recordó a los creyentes

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