Domingo 8 de junio
PABLO Y LA LEY
Se ha dicho que Pablo fue el verdadero fundador del cristianismo. Por supuesto, eso es erróneo. Aunque Pablo contribuyó mucho a que comprendamos teológicamente la doctrina cristiana, incluyendo 13 de los 27 libros del Nuevo Testamento, prácticamente todas sus enseñanzas pueden encontrarse en otras partes de las Escrituras. La razón principal por la que algunos alegan que Pablo comenzó una religión “nueva” es una idea equivocada sobre su enseñanza acerca de la Ley y la gracia.
Lee Romanos 3:28, 6:14 y 7:4; y Gálatas 3:24 y 25. A primera vista, ¿por qué es fácil ver la razón por la cual algunos creen que estos versículos anulan la Ley?
Leídos aisladamente, estos textos dan la impresión de que la Ley ya no es relevante para el cristiano. Sin embargo, todos estos versículos pertenecen a un contexto más amplio que debemos considerar a fin de comprender lo que Pablo está diciendo.
Examina el contexto de los pasajes citados, prestando atención especial a Romanos 3:31, 6:15 y 7:7 al 12; y Gálatas 3:21. ¿De qué modo estos versículos, así como el contexto como un todo, nos ayudan a comprender mejor lo que Pablo dice acerca de la Ley?
Para los que no entienden la justificación por la fe, Pablo parece contradecirse. Afirma que el cristiano no está bajo la Ley y, no obstante, que el mismo cristiano está obligado a guardar la Ley. No hay problema cuando recordamos que Dios demanda justicia de aquellos que afirman estar en relación con él. La norma de justicia es su Ley. Pero, cuando las personas se miden con la Ley, no alcanzan esa norma y, por lo tanto, la Ley las condena. Si la Ley fuera el medio de salvación, entonces ninguno tendría esperanza de vida eterna. La esperanza del cristiano no está en la Ley sino en Jesús, quien no solamente guardó la Ley, sino también permite que los creyentes compartan su justicia, gracias al poder milagroso de Dios (Rom. 8:3, 4). El cristiano puede ahora observar la Ley de Dios con libertad de conciencia porque Cristo quitó la condenación de la Ley (Rom. 7:25-8:2). La gracia de Cristo no nos libera de ella sino, más bien, nos impulsa a obedecerla.
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