FOLLETO NOTAS DE ELENA - TERCER TRIMESTRE 2013Notas de Elena G. de White

Lección 12

21 de Septiembre de 2013

Reforma: sanar relaciones rotas

Sábado 14 de septiembre

Los discípulos de Cristo oirán las instrucciones del Maestro. Él nos ha ordenado que nos amemos unos a otros como él nos amó. La religión está fundada en el amor a Dios, el cual también nos induce a amarnos unos a otros. Está llena de gratitud, humildad, longanimidad. Es abnegada, tolerante, misericordiosa y perdonadora. Santifica, toda la vida, y extiende su influencia sobre los demás.

 Los que aman a Dios no pueden abrigar odio o envidia. Mientras que el principio celestial del amor eterno llena el corazón, fluirá a los demás, no simplemente porque se reciban favores de ellos, sino porque el amor es el principio de acción, y modifica el carácter, gobierna los impulsos, domina las pasiones, subyuga la enemistad y eleva y ennoble­ce los afectos. Este amor no se reduce a incluir solamente “a mí y a los míos”, sino que es tan amplio como el mundo y tan alto como el cielo, y está en armonía con el de los activos ángeles. Este amor, albergado en el alma, suaviza la vida entera, y hace sentir su influencia en todo su alrededor. Poseyéndolo, no podemos sino ser felices, sea que la fortuna nos favorezca o nos sea contraria. Si amamos a Dios de todo nuestro corazón, debemos amar también a sus hijos. Este amor es el Espíritu de Dios. Es el adorno celestial que da verdadera nobleza y dignidad al alma y asemeja nuestra vida a la del Maestro (Testimonios selectos, tomo 3, p. 266).

Domingo 15 de septiembre:

De separación a servicio

 Marcos, abrumado por el temor y el desaliento, vaciló por un tiem­po en su propósito de entregarse de todo corazón a la obra del Señor. No acostumbrado a las penurias, se desalentó por los peligros y las privaciones del camino. Había trabajado con éxito en circunstancias favorables; pero ahora, en medio de la oposición y los peligros que con tanta frecuencia asedian al obrero de avanzada, no supo soportar las durezas como buen soldado de la cruz. Tenía todavía que aprender a arrostrar el peligro, la persecución y la adversidad con corazón valiente. Al avanzar los apóstoles, y al sentir la aprensión de dificultades aún mayores, Marcos se intimidó, y perdiendo todo valor, se negó a avan­zar, y volvió a Jerusalén.

 Esta deserción indujo a Pablo a juzgar desfavorable y aun seve­ramente por un tiempo a Marcos. Bernabé, por otro lado, se inclinaba a excusarlo por causa de su inexperiencia. Anhelaba que Marcos no abandonase el ministerio, porque veía en él cualidades que le habilita­rían para ser un obrero útil para Cristo. En años ulteriores su solicitud por Marcos fue ricamente recompensada; porque el joven se entregó sin reservas al Señor y a la obra de predicar el mensaje evangélico en campos difíciles. Bajo la bendición de Dios y la sabia enseñanza de Bernabé, se transformó en un valioso obrero. Pablo se reconcilió más tarde con Marcos, y le recibió como su colaborador (Los hechos de los apóstoles, pp. 137, 138).

 La experiencia cristiana de Marcos, que había comenzado tem­prano en su vida, ahora se había profundizado. Al estudiar más de la vida y la muerte de Cristo, había captado una visión más clara de sus sufrimientos y conflictos; había visto las cicatrices en sus manos y en sus pies, y había comprendido la profundidad de su abnegación que lo había llevado a salvar a los perdidos. Ahora Marcos deseaba seguir a su Maestro en la senda del sacrificio. Compartiendo su suerte con Pablo el prisionero, comprendió que es infinitamente mejor ganar a Cristo, que ganar el mundo y perder el alma; el alma por la cual la sangre de Cristo fue derramada. Ahora, al enfrentar pruebas y adversidades, Marcos se mantuvo firme como un sabio y amante colaborador del apóstol (Review and Herald, 14 de diciembre, 1911).

 El Salvador dijo claramente: “Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados”… ¿Quién puede comparecer delante de Dios y decla­rar que posee un carácter intachable y una vida libre de culpa? ¿Cómo, entonces, algunos se atreven a criticar y condenar a sus hermanos? Las mismas personas que aspiran a la salvación únicamente gracias a los méritos de Cristo, que deben buscar el perdón por su sangre, se encuen­tran bajo la más estricta obligación de ejercer amor, piedad y perdón hacia sus prójimos pecadores…

 Mientras condenan a otros, el Señor los condena a ellos… Que el Señor impresione los corazones de los miembros de la iglesia, hasta que en su vida y carácter revelen su gracia transformadora. Entonces, cuando se reúnan, lo harán para conversar acerca de Jesús y de su amor (Exaltad a Jesús, p. 328).

Lunes 16 de septiembre:

De esclavo a hijo

 Entre los que dieron su corazón a Dios a causa de las labores de Pablo en Roma, estaba Onésimo, esclavo pagano que había perjudicado a su amo Filemón, creyente cristiano de Colosas, y había escapado a Roma. En la bondad de su corazón, Pablo trató de aliviar al desdichado fugitivo en su pobreza y desgracia, y entonces procuró derramar la luz de la verdad en su mente entenebrecida. Onésimo atendió las palabras de vida, confesó sus pecados y se convirtió a la fe de Cristo.

 Onésimo se hizo apreciar por Pablo en virtud de su piedad y sin­ceridad, tanto como por su tierno cuidado por la comodidad del apóstol y su celo en promover la obra del evangelio. Pablo vio en él rasgos de carácter que le capacitarían para ser un colaborador útil en la obra misionera, y le aconsejó que regresara sin demora a Filemón, suplicán­dole su perdón; hizo planes, además, para el futuro. El apóstol prometió ayudarle haciéndose él mismo responsable por la suma que hubiese robado a Filemón. Estando a punto de enviar a Tíquico con cartas para varias iglesias de Asia Menor, envió a Onésimo con él. Fue una severa prueba para este siervo entregarse así a su amo a quien había perjudi­cado, pero estaba verdaderamente convertido, y no desistió de cumplir con este deber…

 Pablo propuso voluntariamente tomar a su cargo la deuda de Onésimo para que el culpable pudiera ser librado del oprobio de un castigo y pudiera gozar nuevamente los privilegios que había perdido. “Si pues me tienes a mí por compañero —escribió a Filemón— recíbele como a mí mismo. Pero si te ha perjudicado en algo, o te debe algo, apúntalo a mi cuenta: yo Pablo lo he escrito con mi propia mano; yo te lo volveré a pagar”.

 ¡Qué adecuada ilustración del amor de Cristo hacia el pecador arrepentido! El siervo que había defraudado a su amo no tenía nada con que hacer la restitución. El pecador que ha robado a Dios años de servi­cio, no tiene medios para cancelar su deuda. Jesús se interpone entre el pecador y Dios, diciendo: Yo pagaré la deuda. Perdona al pecador; yo sufriré en su lugar (Los hechos de los apóstoles, pp. 364-366).

 Tenemos el modelo: Cristo Jesús. Caminemos en sus pasos y estaremos calificados para cualquier posición que seamos llamados a ocupar… No debemos sentir que somos esclavos sino hijos de Dios, de tanto valor para él, que pagó un precio infinito para nuestro rescate y liberación. Cristo dice: “Ya no os llamaré siervos… pero os he llamado amigos” (Juan 15:15). Al comprender ese maravilloso amor, brotará de nuestro corazón el gozo, la gratitud y el amor hacia él (The Youth’s Instructor, 17 de mayo, 1894).

 Martes 17 de septiembre:

De compañero a complemento

 En todas las disposiciones del Señor, no hay nada más hermoso que su plan de dar a los hombres y mujeres una diversidad de dones. La iglesia es un jardín, adornado con una variedad de árboles, plantas y flores. El no espera que el hisopo asuma las proporciones de un cedro, ni que el olivo alcance la altura de la palmera majestuosa. Muchos han recibido solamente una educación religiosa e intelectual limitada, pero Dios tiene una obra para esta clase de personas, si ellas trabajan con humildad, confiando en él…

 Un obrero puede ser un orador fácil; otro un escritor fecundo; otro puede tener el don de la oración sincera y fervorosa; otro puede tener el don del canto; otro puede tener una facultad especial para explicar la Palabra de Dios con claridad; y con cada uno de estos dones ha de llegar a ser un poder para Dios, porque el Señor trabaja con el obrero. A uno Dios da palabra de sabiduría, a otro le da conocimiento, a otro le da fe; pero todos han de trabajar bajo la misma Cabeza. La diversidad de dones conduce a la diversidad de operaciones; pero “Dios, que hace todas las cosas en todos es el mismo” (1 Corintios 12:6).

 El Señor desea que sus siervos escogidos aprendan cómo unirse en un esfuerzo armonioso. Puede parecerles a algunos que el contraste entre sus dones y los dones de sus colaboradores es demasiado grande para permitirles unirse en un esfuerzo armonioso; pero cuando recuer­den que hay variedad de mentes que alcanzar, y que algunos recha­zarán la verdad como la presenta algún obrero, solo para abrir sus corazones a la verdad de Dios como la presenta de diferente manera otro obrero, se esforzarán llenos de esperanza por trabajar juntamente en unidad. Sus talentos, aunque diversos, pueden estar bajo el control del mismo Espíritu. En toda palabra y acto, se revelarán bondad y amor; y a medida que todo obrero ocupe fielmente el lugar que le ha sido señalado, la oración de Cristo por la unidad de sus seguidores será contestada, y el mundo sabrá que estos son sus discípulos (El evangelismo, pp. 77, 78).

 El Señor utiliza diversos dones en su obra. Que ningún obrero pien­se que sus talentos son superiores a los de otro. Permitan que Dios sea el juez. El prueba y aprueba a sus siervos, y hace una evaluación justa de sus habilidades. Él ha puesto en la iglesia una variedad de dones como para afrontar todas las necesidades de la diversidad de mentes con las cuales sus obreros entrarán en contacto.

 El Señor ha dado a cada hombre su tarea, y cada creyente ha de hacer la obra que el Señor le dio. No todos tienen los mismos dones o disposición. Sin embargo, todos necesitan sentir diariamente el poder convertidor del Espíritu Santo a fin de llevar mucho fruto para el Señor. No es el que predica el evangelio quien provee la eficiencia que trae éxito a sus esfuerzos. Es el Obrero invisible que está detrás del ministro quien convence y convierte a las personas (Recibiréis poder, p. 212).

Miércoles 18 de septiembre:

De la fricción al perdón

 El hecho de que nos encontremos bajo una obligación tan grande hacia Cristo nos enfrenta con la más sagrada obligación hacia aquellos por quienes murió para redimirlos. Debemos manifestar hacia ellos la misma simpatía, la misma tierna compasión y el amor abnegado que Cristo manifestó hacia nosotros.

 El que no perdona suprime el único conducto por el cual puede recibir la misericordia de Dios. No debemos pensar que a menos que confiesen su culpa los que nos han hecho daño, tenemos razón para no perdonarlos. Sin duda, es su deber humillar sus corazones por el arrepentimiento y la confesión; pero hemos de tener un espíritu compasivo hacia los que han pecado contra nosotros, confiesen o no sus faltas. Por mucho que nos hayan ofendido, no debemos pensar de continuo en los agravios que hemos sufrido ni compadecemos de nosotros mismos por los daños. Así como esperamos que Dios nos perdone nuestras ofensas, debemos perdonar a todos los que nos han hecho mal (La maravillosa gracia de Dios, p. 328).

 La gran lección del perdón debe ser aprendida más perfectamente por todos nosotros… El mayor daño que podemos hacerles a otros es no perdonarlos, si es que pensamos que nos dañan de una manera u otra. Esta es una posición muy peligrosa para el cristiano profeso, porque de la manera como tratamos a nuestros hermanos, así el Señor nos tratará a nosotros (Nuestra elevada vocación, p. 178).

 La misericordia de Cristo al perdonar las iniquidades de los hom­bres nos enseña que debe haber un perdón abundante para las ofensas y pecados que nuestros prójimos cometen contra nosotros. Cristo dio esta lección a sus discípulos para corregir los males que enseñaban y practicaban por precepto y ejemplo los que interpretaban las Escrituras en ese tiempo.

 El principio que impulsó a Cristo al tratar de recuperar a la familia humana mediante el plan de salvación es el mismo que debe impulsar a sus seguidores en su trato mutuo cuando se relacionan en la iglesia. La lección había de impresionar también sus mentes con el hecho de que no podemos alcanzar el cielo por nuestros propios méritos, sino sola­mente a través de la maravillosa misericordia y paciencia de Dios, que nos son ofrecidas en una forma que no podemos igualar.

 El hombre puede ser salvo únicamente por medio de la maravillosa paciencia de Dios al perdonarle sus muchos pecados y transgresiones, pero los que son bendecidos por la misericordia de Dios debieran mani­festar el mismo espíritu de paciencia y perdón hacia los que constituyen la familia del Señor (Alza tus ojos, p. 41).

 El cristiano cuyo corazón ha sido conmovido por la belleza del carácter del Salvador, debe poner en práctica lo que aprende en la escuela de Cristo. Debemos ser alumnos aptos en la escuela de Cristo, y aprender de buena voluntad lo que él nos enseña día tras día…

 Esta instrucción no se aplica sencillamente a los que han tenido pruebas que podrían disgustar a sus hermanos, sino que se aplica a los que han sido heridos, a los que han sufrido perjuicios financieros, reproches y críticas, incomprensiones y prejuicios. Los tales no deben permitir que el odio entre en el corazón, ni permitir que surjan los sen­timientos negativos cuando consideran a los que los han perjudicado…

 Como Cristo, perdonaremos a nuestros enemigos, y buscaremos la oportunidad de manifestarles a los que nos han perjudicado que amamos sus almas, y que si podemos, les haremos bien… Si los que nos han perjudicado perseveran en su mala conducta… debemos hacer esfuerzos para reconciliamos con nuestros hermanos, de acuerdo con el plan bíblico, y tal como Cristo mismo nos ha enseñado. Si nuestros hermanos no quieren reconciliarse, no hablemos entonces de ellos, ni perjudiquemos su influencia, sino dejémoslos en las manos de un Dios justo, que juzga a todos los hombres justamente (Hijos e hijas de Dios, p. 92).

Jueves 19 de septiembre:

Del rencor a la restauración

 El carácter de la ofensa, sea cual fuere, no cambia el plan que Dios trazó para el arreglo de malentendidos y daños personales. Hablando a solas y con el espíritu de Cristo al que cometió la falta, se suprimirá a menudo la dificultad. Id al que yerra, con un corazón lleno del amor y simpatía de Cristo, y tratad de arreglar el asunto. Razonad con él serena y tranquilamente. No dejéis escapar palabras airadas. Hablad de una manera que apele a su mejor criterio. Recordad las palabras: “El que hubiere hecho convertir al pecador del error de su camino, salvará un alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados”.

 Llevad a vuestro hermano el remedio que curará la enfermedad del desafecto. Haced vuestra parte para ayudarlo, Por amor a la paz y unidad de la iglesia, tened por privilegio y por deber el hacer esto. Si él os oye, lo habréis ganado como amigo.

 Todo el cielo está interesado en la entrevista del que fue perjudi­cado con el que está en error. Cuando el que yerra acepta la reprensión presentada en el amor de Cristo, y reconoce su mal, pidiendo perdón a Dios y a su hermano, llena su corazón el gozo del cielo. Acabó la con­troversia; queda restaurada la amistad y la confianza. El aceite del amor suprime el ardor causado por el daño; el Espíritu de Dios liga corazón con corazón; y hay en el cielo música por la unión obtenida.

 Y cuando los que así se unen en compañerismo cristiano, elevan oración hacia Dios, y se comprometen a obrar con justicia, a amar la misericordia, y a andar humildemente con Dios, reciben gran bendi­ción. Si perjudicaron a otros, siguen la obra de arrepentimiento, confe­sión y restitución, plenamente dispuestos a hacer bien unos a otros. Esto es cumplir la ley de Cristo (Obreros evangélicos, pp. 516, 517).

 Cuando se acerque a alguien que usted supone está en error, hable con un espíritu de mansedumbre y modestia; porque la ira del hombre, no provoca la justicia de Dios. El descarriado, no puede ser restau­rado de otra manera, que con un espíritu de mansedumbre y tierno amor. Cuídese de sus gestos. Evite cualquier expresión de orgullo y suficiencia propia en su apariencia, gestos, palabras o tono de la voz. Guárdese contra una palabra o apariencia que lo exalte a usted mismo, o ponga su bondad y justicia en contraste con los fracasos de la otra persona. Cuídese de la menor apariencia de menosprecio, altanería o desprecio. Evite con cuidado cualquier apariencia de enojo; y aunque use un lenguaje sencillo, que no conlleve ningún reproche, ninguna acusación insultante, ninguna indicación de enojo, sino de amor fer­viente.

 Pero, sobre todo, que no exista ni una sombra de odio o mala voluntad, amargura o expresión de acritud. Nada, sino la bondad y la mansedumbre pueden fluir de un corazón de amor. Sin embargo, todos estos frutos preciosos no necesitan impedir que usted hable de la manera más seria y solemne, como si los ángeles estuvieran poniendo sus ojos en usted, y usted estuviera actuando con referencia al juicio venidero (La voz: Su educación y uso correcto, p. 148).

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