Lección 13 | Miércoles 20 de septiembre 2017 | Hagamos el bien | Escuela Sabática Joven

MIÉRCOLES 20 SEPTIEMBRE
HAGAMOS EL BIEN
Cómo hacer | Gál. 5:15; 6:9,10
“Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas” (Gál. 6:2).
¿Por qué. Señor?, me pregunto. ¿Por qué, si ya tengo tantas cargas?
La mayoría de los días están repletos de las cargas de la vida: despertarse muy temprano, soportar el aburrimiento del tráfico para llegar al colegio o al trabajo, tareas, falta de sueño… la lista es interminable. Hay poca paciencia. Nos vemos discutiendo con nuestro cónyuge, con nuestro compañero de cuarto, con los profesores, el jefe, o incluso con otros miembros de iglesia. Llevar las cargas de otros, o incluso preguntarle a otro cómo está, puede parecer abrumador. Pero ¿qué sucede cuando elegimos hacer el bien por otra persona? ¿Cómo nos hace sentir esto?
Compartir alivia nuestras cargas. Cuando ponemos a los demás antes que a nosotros, estamos reflejando la imagen de Jesucristo. Jesús caminó por esta Tierra tomando cada día las cargas de otros, hasta desprenderse de ellas finalmente en la cruz, en manos de Dios. “No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos” (Gál. 6:9). La paciencia con nuestros hermanos y hermanas en Cristo significa mostrarles amor y respeto, así como mostramos amor y respeto a cualquier miembro de nuestra familia. Compartir nuestras cargas con otros demuestra que podemos humillarnos y dejar que otros abran su corazón de la misma manera. También nos hace más amables, empáticos y semejantes a Cristo.
La iglesia debería ser un lugar de refugio, no un albergue para los chismes, hablar mal de otros y difamarlos. “Pero, si siguen mordiéndose y devorándose, tengan cuidado, no sea que acaben por destruirse unos a otros” (Gál. 5:15). Tenemos que amarnos unos a otros, depender unos de otros en momentos de necesidad. Ayudar a otros no nos debiera provocar un sentimiento de orgullo o jactancia, sino un sentimiento de gozo proveniente de Dios. Nuestra fe es perfeccionada por nuestras obras, no al revés. Si servir lleva al orgullo, entonces el servicio que brindamos no se está practicando con el corazón de Dios. No obstante, si como consecuencia de nuestra profunda apreciación del amor que Dios tiene por nosotros devolvemos ese amor a quienes nos rodean, el orgullo nunca entrará en juego. El gozo del servicio y la conexión que sentimos con el Señor como resultado, serán nuestra mayor recompensa.
Entonces, ¿cómo encontramos este gozo al ayudar a otros o al compartir sus cargas? Una manera es, simplemente, hablar con la gente, sin motivos escondidos ni discursos practicados. Simplemente, hablar. Y no solo con tus amigos o conocidos cercanos; busca personas fuera de tu círculo e involúcrate. Quizás una persona anciana cuyo cónyuge falleció, o alguien con quien hayas discutido en el pasado. Identifica una relación dañada o rota, y da el primer paso para hacer las paces. Intenta alcanzar a alguien muy distinto a ti y conoce su historia personal. En pocas palabras: involúcrate.
Para pensar y debatir
¿Cómo podemos encontrar formas de humillarnos y servir a los demás, compartiendo sus cargas?
Alethea Milier, Graham, Washington, EE.UU.

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