FOLLETO NOTAS DE ELENA - TERCER TRIMESTRE 2013Sábado 21 de septiembre

 Tanto a nosotros, como a los discípulos, Cristo nos ha dado la obra de llevar la verdad al mundo. Pero antes de entrar en este agresivo conflicto en el que dependen resultados eternos, el Señor nos invita a considerar el asunto. Nos asegura que si entramos de todo corazón en la tarea como portadores de luz, él nos dará su fuerza y nos capacitará con ayuda sobrenatural para que, en nuestra debilidad, podamos hacer las obras de la Omnipotencia. Marcharemos hacia adelante por la fe, sin fracasar ni desanimamos, porque tendremos la seguridad del éxito infalible.

 Ha llegado la hora de que el Hijo de Dios sea levantado, para que pueda atraer a todos a sí mismo. El pueblo de Dios, constreñido y esti­mulado por el amor de Cristo, hará la obra que le ha sido señalada, y será victorioso porque no solamente tendrá la ayuda de los ángeles en sus filas, sino que el mismo General de los ejércitos estará listo para ayudar en toda emergencia. Los llevará de victoria en victoria, pro­clamando: “Yo he vencido al mundo”. Nunca olvidemos que estamos peleando la batalla del Señor de las huestes, y que todo el mundo invi­sible nos contempla (Review and Herald, 15 de marzo, 1898).

Domingo 22 de septiembre:

El poder prometido

 Si no fuera por el poder que hemos recibido de Cristo, no tendría­mos fuerza. Pero Jesús dispone de toda potestad. “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:18-20).

 Este es nuestro poder, nuestro consuelo. No tenemos fuerzas por nosotros mismos. Pero él dice: “Yo estoy con vosotros todos los días”, ayudándoles a cumplir sus deberes, guiándolos, consolándolos, san­tificándolos y sosteniéndolos; dándoles éxito al pronunciar palabras que atraerán la atención de los demás sobre Cristo, y despertando en sus mentes el deseo de comprender la esperanza y el significado de la verdad, para llevarlos de las tinieblas a la luz, y del poder del pecado a Dios (Cada día con Dios, p. 329).

 El Señor tiene una obra que hacer tanto para las mujeres como para los hombres. Ellas pueden hacer una buena obra para Dios si aprenden antes en la escuela de Cristo la preciosa e importantísima lección de la mansedumbre. No solo deben llevar el nombre de Cristo, sino poseer su Espíritu. Deben andar como él anduvo, purificando sus almas de toda contaminación. Entonces podrán beneficiar a otros presentando la plena suficiencia de Jesús (Obreros evangélicos, p. 468).

 Antes de ascender al cielo, Cristo dio a los discípulos su comi­sión…

 La comisión evangélica es la magna carta misionera del reino de Cristo. Los discípulos habían de trabajar fervorosamente por las almas, dando a todos la invitación de misericordia. No debían esperar que la gente viniera a ellos; sino que debían ir ellos a la gente con su mensaje.

 Los discípulos habían de realizar su obra en el nombre de Cristo. Todas sus palabras y hechos habían de llamar la atención al poder vital de su nombre para salvar a los pecadores. Su fe habría de concentrarse en Aquel que es la fuente de la misericordia y el poder. En su nombre habían de presentar sus peticiones ante el Padre, y recibirían respues­ta. Habían de bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El nombre de Cristo había de ser su consigna, su divisa distinti­va, su vínculo de unión, la autoridad para su curso de acción y la fuente de su éxito. Nada que no llevara su nombre y su inscripción había de ser reconocido en su reino.

 Cuando Cristo dijo a sus discípulos: Salid en mi nombre para traer a la iglesia a todos los que crean, les presentó claramente la necesidad de conservar la sencillez. Cuanto menor fuera su ostentación, mayor sería su influencia para el bien. Los discípulos habían de hablar con la misma sencillez con que había hablado Cristo. Debían impresionar en sus oyentes las lecciones que él les había enseñado.

 Cristo no dijo a sus discípulos que su trabajo sería fácil. Les mostró la vasta confederación del mal puesta en orden de batalla contra ellos. Tendrían que luchar “contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, contra malicias espirituales en los aires” (Efesios 6:12). Pero no se los dejaría luchar solos. Les aseguró que él estaría con ellos; y que si ellos avanzaban con fe, estarían bajo el escudo de la omnipotencia. Les ordenó que fuesen valientes y fuertes; porque Uno más poderoso que los ángeles estaría en sus filas: el General de los ejércitos del cielo. Hizo amplia provisión para la prosecución de su obra, y asumió él mismo la responsabilidad de su éxito. Mientras obedecieran su palabra y trabajasen en comunión con él, no podrían fracasar. Id a todas las naciones, les ordenó, id a las partes más alejadas del globo habitable, y estad seguros de que aún allí mi presencia estará con vosotros. Trabajad con fe y confianza; porque yo no os olvidaré nunca. Estaré siempre con vosotros, ayudándoos a realizar y cumplir vuestro deber, guiándoos, alentándoos, santificán­doos, sosteniéndoos y dándoos éxito en hablar palabras que llamen la atención de otros al cielo (Los hechos de los apóstoles, pp. 22-24).

Lunes 23 de septiembre:

La lluvia temprana y la tardía

 La lluvia tardía que madura la cosecha de la tierra, representa la gracia espiritual que prepara a la iglesia para la venida del Hijo del hombre. Pero a menos que la primera lluvia haya caído, no habrá vida; el brote verde no surgirá. A menos que los primeros chubascos hayan hecho su obra, la lluvia tardía no puede perfeccionar ninguna semilla.

 Ha de haber “primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga”. Debe haber un desarrollo constante de la virtud cristiana, un progreso permanente en la experiencia cristiana. Esto debemos buscarlo con intenso deseo, para que adornemos la doctrina de Cristo nuestro Salvador.

 Muchos han dejado en gran medida de recibir la primera lluvia. No han obtenido todos los beneficios que Dios ha provisto así para ellos. Esperan que la falta sea suplida por la lluvia tardía. Cuando sea otorga­da la abundancia más rica de la gracia, se proponen abrir sus corazones para recibirla. Están cometiendo un terrible error. La obra que Dios ha comenzado en el corazón humano al darle su luz y conocimiento, debe progresar continuamente. Todo individuo debe comprender su propia necesidad. El corazón debe ser vaciado de toda contaminación, y lim­piado para la morada interna del Espíritu. Fue por medio de la confesión y el perdón del pecado, por la oración ferviente y la consagración de sí mismos a Dios, como los primeros discípulos se prepararon para el derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. La misma obra, solo que en mayor grado, debe realizarse ahora. Entonces el agente humano tenía solamente que pedir la bendición, y esperar que el Señor perfeccionara la obra concerniente a él. Es Dios el que empezó la obra, y él la terminará, haciendo al hombre completo en Cristo Jesús. Pero no debe haber descuido de la gracia representada por la primera lluvia. Solo aquellos que están viviendo a la altura de la luz que tienen recibirán mayor luz. A menos que estemos avanzando diariamente en la ejemplificación de las virtudes cristianas activas, no reconoceremos las manifestaciones del Espíritu Santo en la lluvia tardía. Podrá estar derramándose en los corazones en tomo de nosotros, pero no la discer­niremos ni la recibiremos…

 “Pedid a Jehová lluvia en la sazón tardía”. No descanséis satis­fechos de que en el curso normal de la estación la lluvia ha de caer. Pedidla. El crecimiento y el perfeccionamiento de la semilla no es cosa que pertenece al dueño del campo. Solo Dios puede madurar la cosecha. Pero se requiere la cooperación del hombre. La obra de Dios por nosotros exige la acción de nuestra mente, el ejercicio de nuestra fe. Debemos buscar sus favores con todo el corazón si los aguaceros de la gracia han de venir sobre nosotros. Debiéramos aprovechar toda oportunidad de colocamos en el canal de bendición (Testimonios para los ministros, pp. 515-517).

 Todo lo que debemos hacer es mantener limpio el recipiente y ponerlo hacia arriba, listo para recibir la lluvia celestial, y perseverar en oración: “Haz que la lluvia tardía llene mi vasija. Que la luz del ángel glorioso que se une con el tercer ángel brille en mí; dame una parte en la obra; déjame proclamar el mensaje; permíteme ser el colaborador de Jesucristo” (Alza tus ojos, p. 281).

Martes 24 de septiembre:

Requisitos para la lluvia tardía

 Debiéramos orar con tanto fervor por el descenso del Espíritu Santo como los discípulos lo hicieron en el día de Pentecostés. Si ellos necesitaban el poder del Espíritu en aquel tiempo, mucho más lo nece­sitamos en la actualidad. Todo tipo de doctrinas falsas, herejías y enga­ños están extraviando las mentes de los hombres; y sin el auxilio del Espíritu serán vanos nuestros esfuerzos por presentar la verdad divina.

 Dios desea refrigerar a su pueblo con el don del Espíritu Santo, bautizándolo nuevamente en su amor. No es necesario que haya escasez del Espíritu en la iglesia. Después de la ascensión de Cristo, el Espíritu Santo vino sobre los ansiosos, suplicantes y confiados discípulos con una plenitud y un poder que alcanzó a todo corazón. En el futuro la tierra ha de ser iluminada con la gloria de Dios. De aquellos que son santificados por la verdad fluirá hacia el mundo una santa influencia. La tierra ha de ser circuida con una atmósfera de gracia. El Espíritu Santo ha de obrar en los corazones humanos, tomando las cosas de Dios y manifestándolas a los hombres.

 Cristo afirmó que la influencia divina del Espíritu acompañaría a sus seguidores hasta el fin del tiempo. Pero la promesa no es aprecia­da debidamente; por lo tanto su cumplimiento no se ve como debiera verse… Asuntos secundarios ocupan la atención, y aunque es ofrecido en su infinita plenitud, escasea el poder divino tan necesario para el crecimiento y la prosperidad de la iglesia, que traería todas las demás bendiciones en su estela (En lugares celestiales, p. 334).

 En cada reunión a la que asistamos, nuestras oraciones deben ascender pidiendo que en ese mismo momento Dios imparta calor y rocío a nuestras almas. Mientras le pidamos el Espíritu Santo, éste obra­rá en nosotros mansedumbre, humildad y una consciente dependencia de Dios a fin de recibir la plenitud de la lluvia tardía (La fe por la cual vivo, p. 336).

 En el plan de rescatar al hombre de las garras del enemigo, Dios determinó no dejar nada por hacer. Después de la ascensión de Cristo, el Espíritu Santo fue dado al creyente con el propósito de apoyar a todos los que decidan cooperar con él en la obra de reorientar y transformar el carácter del hombre. El Espíritu Santo también participa en esta tarea. El Salvador dijo: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16: 8). El Espíritu Santo es quien con­vence de culpa y también el que santifica.

 Siendo que nadie puede arrepentirse de sus pecados a menos que esté convencido de ellos, es indispensable que en nuestro ministerio de rescatar a los perdidos permanezcamos unidos al Espíritu. Será en vano el ejercicio de todas nuestras habilidades humanas si no trabajamos mancomunadamente con las inteligencias divinas (Recibiréis poder, p. 168).

Miércoles 25 de septiembre:

El bautismo de fuego

 [Se cita Zacarías 4:11-14]. Estos [dos tubos de oro] descargan su contenido en los recipientes áureos, que representan el corazón de los mensajeros vivientes de Dios que llevan la Palabra del Señor a la gente en forma de amonestaciones y súplicas. La Palabra misma, representada por el aceite áureo, debe fluir desde los dos olivos que están al lado del Señor de toda la tierra. Este es el bautismo con fuego por el Espíritu Santo. Esto abrirá el alma de los incrédulos produciendo convicción. Las necesidades del alma solo pueden ser suplidas mediante la obra del Espíritu Santo de Dios. El hombre por sí mismo no puede hacer nada para satisfacer los anhelos y las aspiraciones del corazón (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1201).

 “Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentó sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen”. El Espíritu Santo, asumiendo la forma de lenguas de fuego, descansó sobre los que estaban congregados. Esto era un emblema del don entonces concedido a los discípulos, que los habilitaba para hablar con facilidad idiomas antes desconocidos para ellos. La apariencia de fuego significaba el celo ferviente con que los apóstoles iban a trabajar, y el poder que iba a acompañar su obra (Los hechos de los apóstoles, p. 32).

 Oremos con fervor por aquellos que esperamos visitar, llevándolos con fe viva, uno por uno, a la presencia de Dios. El Señor conoce el pen­samiento y los propósitos de los hombres, ¡y cuán fácilmente él puede enternecerlos! ¡Cómo puede su Espíritu, cual un fuego, subyugar el corazón empedernido! ¡Cómo puede él llenar el alma de amor y ternu­ra! ¡Cómo puede damos las gracias de su Espíritu Santo, y capacitamos para salir a trabajar por las almas!…

 Si todos los que están ocupados en la obra del Señor se dieran cuenta de cuánto depende de su fidelidad y de su sabia previsión, una prosperidad mucho mayor coronaría sus esfuerzos. Por nuestra timidez y cortedad a menudo dejamos de obtener lo que podríamos conseguir como un derecho, de los poderes existentes. Dios obrará por nosotros, cuando estemos listos a realizar lo que podemos y debemos hacer de nuestra parte (Servicio cristiano, pp. 211, 212).

Jueves 26 de septiembre:

Termina la gran controversia

 El conflicto que se viene desarrollando entre los dos grandes pode­res del bien y del mal pronto habrá de terminar. Pero hasta el tiempo de su finalización habrá encuentros continuos y agudos. Debemos propo­nemos ahora, como lo hicieron Daniel y sus compañeros en Babilonia, que seremos leales a los principios, venga lo que viniere. El homo de fuego ardiente calentado siete veces más que de ordinario, no hizo que estos fíeles siervos de Dios se apartaran de la lealtad a la piedad. Ellos permanecieron firmes en el tiempo de prueba, y fueron arrojados al horno; pero no fueron abandonados por Dios. Vieron a un cuarto personaje que caminaba con ellos entre las llamas, y salieron del homo sin que se sintiese ni siquiera olor de fuego en sus vestimentas (Notas biográficas de Elena G. de White, p. 361).

 Los creyentes adventistas deben unirse y trabajar con fidelidad en los pueblos vecinos, en las zonas rurales, y llevar un definido mensaje a las grandes ciudades; así verán el fruto de sus labores. La verdad será una lámpara que brilla, y muchos seguirán su luz y buscarán con diligen­cia cumplir los eternos propósitos de Dios. Trabajarán en armonía con sus providencias y harán avanzar su preciosa causa en la tierra. Pronto, si son fieles, verán las puertas de la ciudad de nuestro Dios girar sobre sus brillantes goznes para que las naciones que han guardado la verdad puedan entrar a poseer su herencia eterna (North Pacific Union Gleaner, 23 de marzo, 1910).

 Vamos hacia la patria. El que nos amó al punto de morir por noso­tros, nos ha edificado una ciudad. La Nueva Jerusalén es nuestro lugar de descanso. No habrá tristeza en la ciudad de Dios. Nunca más se oirá el llanto ni la endecha de las esperanzas destrozadas y de los afectos tronchados. Pronto las vestiduras de pesar se trocarán por el manto de bodas. Pronto presenciaremos la coronación de nuestro Rey. Aquellos cuya vida quedó escondida con Cristo, aquellos que en esta tierra pelea­ron la buena batalla de la fe, resplandecerán con la gloria del Redentor en el reino de Dios.

 No transcurrirá mucho tiempo antes que veamos a Aquel en quien ciframos nuestras esperanzas de vida eterna. Y en su presencia todas las pruebas y los sufrimientos de esta vida serán como nada. “No perdáis pues vuestra confianza que tiene grande remuneración de galardón: por­que la paciencia os es necesaria; para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aun un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará” (Hebreos 10:35-37). Alzad los ojos, sí, alzad los ojos, y permitid que vuestra fe aumente de continuo. Dejad que esta fe os guíe a lo largo de la senda estrecha que, pasando por las puertas de la ciudad de Dios, nos lleva al gran más allá, al amplio e ilimitado futuro de gloria destinado a los redimidos. “Pues, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia, hasta que reciba la lluvia temprana y tardía. Tened también vosotros paciencia; confirmad vues­tros corazones; porque la venida del Señor se acerca” (Santiago 5:7, 8) (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 434).

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