Sábado 3 de octubre

“El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel, y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto” (Lucas 16:10).

El servicio activo para Dios está directamente relacionado con los deberes comunes de la vida, aun con las ocupaciones más humildes. Debemos servir a Dios en el lugar donde él nos coloca. Él debe colo­camos a cada uno en su lugar, y no nosotros mismos. Posiblemente el trabajo en el hogar sea el lugar que debamos ocupar durante un tiempo o tal vez durante toda la vida. Entonces hay que prepararse para ese trabajo para que hagamos lo mejor posible para el Señor.

El Señor nos está probando para ver qué clase de fibra estamos poniendo en la edificación del carácter. Si somos descuidados e indi­ferentes, negligentes y desatentos, en las cosas pequeñas de todos los días, nunca seremos aptos para otro servicio para Dios… El que es infiel en lo poco, con seguridad repetirá esta infidelidad si se lo coloca en posiciones más elevadas y si se le dan mayores responsabilidades…

La importancia de las cosas pequeñas no es menor porque son pequeñas; en cambio su influencia para el bien o el mal es enorme. Ayudan a disciplinar para la vida. Son parte de la preparación del alma en la santificación de todos los talentos que Dios nos ha confiado. La fide­lidad en las cosas pequeñas en la realización de los deberes hace que el obrero de Dios refleje cada vez más a Cristo (A fin de conocerle, p. 333).

Cada momento en que no estamos en guardia nos vemos expuestos a ser asediados por el enemigo y corremos gran peligro de ser vencidos por las potestades de las tinieblas. Satanás manda que sus ángeles sean vigilantes y derriben a cuantos puedan; que descubran la indocilidad y los vicios dominantes de quienes profesan la verdad. Les ordena arrojar tinieblas en derredor de ellos, para que dejen de velar, y sigan una con­ducta que deshonre la causa que profesan amar y entristezca a la iglesia. Las almas de estas personas extraviadas, que no velan, se hunden cada vez más en la obscuridad, y la luz del cielo se desvanece de ellas. No pueden descubrir sus vicios dominantes, y Satanás teje su red en derre­dor de ellas, y son prendidas en su lazo.

Dios es nuestra fortaleza. Debemos buscar en él sabiduría y direc­ción, y teniendo en vista su gloria, el bien de la iglesia y la salvación de nuestras propias almas, debemos vencer nuestros vicios dominantes. Debemos procurar individualmente obtener nueva victoria cada día. Debemos aprender a permanecer en pie solos y depender por completo de Dios. Cuanto antes aprendamos esto, mejor. Descubra cada uno en qué fracasa, y luego vele fielmente para que sus pecados no lo venzan, antes bien, obtenga la victoria sobre ellos. Entonces podremos tener confianza para con Dios y se ahorrarán muchas dificultades para la iglesia (Primeros escritos, pp. 104, 105).

 

Domingo 4 de octubre: Una breve historia

Dios había puesto a su pueblo en Canaán como un poderoso valla­dar para contener la ola de la inmoralidad, a fin de que no inundara al mundo. Si Israel le era fiel. Dios quería que fuera de conquista en con­quista. Entregaría en sus manos naciones aún más grandes y más pode­rosas que las de los cananeos. Les prometió: “Porque si guardarais cui­dadosamente todos estos mandamientos que yo os prescribo… Jehová también echará todas estas gentes de delante de vosotros, y poseeréis gentes grandes y más fuertes que vosotros. Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie, será vuestro: desde el desierto y el Líbano, desde el río, el río Éufrates, hasta la mar postrera será vuestro término. Nadie se sostendrá delante de vosotros: miedo y temor de vosotros pondrá Jehová vuestro Dios sobre la haz de toda la tierra que hollareis, como él os ha dicho” (Deuteronomio 11:22-25).

Pero, despreciando su elevado destino, escogieron el camino del ocio y de la complacencia, dejaron pasar las oportunidades de comple­tar la conquista de la tierra; y por consiguiente, durante muchas genera­ciones fueron afligidos y molestados por un residuo de estos idólatras, que fue, según antaño lo predijera el profeta, como “aguijones” en sus ojos, y “por espinas” en sus “costados” (Números 33:55) (Patriarcas y profetas, p. 586).

Me asombra la misericordia de Dios y su cuidado por su pueblo al darles tantas amonestaciones para señalar sus peligros, y presentarles la exaltada posición que él quiere que ocupen. Si quieren mantenerse en su amor y separarse del mundo, derramará sobre ellos sus bendiciones especiales y hará resplandecer su luz en derredor de ellos. Su influencia para el bien podrá sentirse en todo ramo de la obra y en todas partes del campo del evangelio. Pero si dejan de alcanzar el propósito de Dios y continúan teniendo tan poco sentido del carácter exaltado de la obra como en lo pasado, su influencia y ejemplo resultarán en una maldición terrible. Harán daño, y solamente daño. La sangre de las almas precio­sas será hallada sobre sus vestiduras.

Se han repetido los testimonios de amonestación. Pregunto: ¿Quiénes los han escuchado? ¿Quiénes han sido celosos en arrepentirse de sus pecados e idolatría, y han procedido con fervor hacia el blanco de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús? He aguardado ansiosamente, esperando que Dios investiría a algunos de su Espíritu y los usaría como instrumentos de la justicia para despertar y poner en orden su iglesia. Casi me he desesperado al ver año tras año mayor aparta­miento de la sencillez que, según lo que Dios me ha mostrado, debiera caracterizar la vida de quienes le siguen. Ha habido cada vez menos interés en la causa de Dios, y menos devoción a ella. Pregunto: ¿En qué han procurado vivir de acuerdo con la luz que les ha sido dada los que profesan tener confianza en los Testimonios? ¿En qué han apreciado las amonestaciones dadas? ¿En qué han escuchado las instrucciones que recibieron? (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 277, 278).

 

Lunes 5 de octubre: Los dos reinos

Se dieron a los transgresores muchas oportunidades de arrepentir­se. En la hora de su más profunda apostasía y mayor necesidad. Dios les dirigió un mensaje de perdón y esperanza. Declaró: “Te perdiste, oh Israel, mas en mí está tu ayuda. ¿Dónde está tu rey, para que te guarde?” (Oseas 13:9, 10). El profeta suplicó: “Venid y volvámonos a Jehová: que él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. Darános vida después de dos días: al tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él. Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová: como el alba está aparejada su salida, y vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana a la tierra” (Oseas 6:1-3).

A los que habían perdido de vista el plan secular trazado para librar a los pecadores apresados por el poder de Satanás, el Señor ofreció restauración y paz. Declaró: “Yo medicinaré su rebelión, amarólos de voluntad: porque mi furor se apartó de ellos. Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio, y extenderá sus raíces como el Líbano. Extenderse han sus ramos, y será su gloria como la de la oliva, y olerá como el Líbano. Volverán, y se sentarán bajo de su sombra: serán vivi­ficados como trigo, y florecerán como la vid: su olor, como de vino del Líbano. Ephraim dirá: ¿Qué más tendré yo con los ídolos? Yo lo oiré, y miraré; yo seré a él como la haya verde: de mí será hallado tu fruto…

De generación en generación, el Señor tuvo paciencia con sus hijos extraviados; y aun entonces, frente a una rebelión desafiante, anhelaba revelarse a ellos, dispuesto a salvarlos (Profetas y reyes, pp. 212, 213).

Ahora no luchamos contra carne y sangre, sino contra principados y potestades y huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. El Señor quiere animamos para que acudamos a él como la fuente de toda nuestra fortaleza, el que puede ayudamos. Podemos recurrir a hombres, y ellos nos darán consejos, y sin embargo esto puede fracasar; pero cuando el Dios de Israel se pone de nuestro lado, nos dará éxito. Necesitamos saber que estamos en lo correcto ante Dios. Si no es así, necesitamos esforzamos con ahínco para corregir nuestra relación con él. Individualmente, debemos hacer algo nosotros mismos. No pode­mos arriesgar nuestros intereses eternos al depender de suposiciones.

Tenemos que poner todo en orden; hemos de obedecer los requerimien­tos de Dios y entonces esperar que él coopere con nuestros esfuerzos (2 Crónicas 20:15). Dios opera en nosotros mediante la luz de su ver­dad. Es menester que seamos obedientes a todos sus mandamientos. (Comentario bíblico adventista, tomo 3, p. 1150).

 

Martes 6 de octubre: Dos males

Dios sacó a los israelitas de Egipto para establecerlos en la tierra de Canaán, como un pueblo puro, santo y feliz. En el logro de este propó­sito les hizo pasar por un curso de disciplina, tanto para su propio bien como para el de su posteridad. Sí hubieran querido dominar su apetito en obediencia a las sabias restricciones de Dios, no se habría conocido debilidad ni enfermedad entre ellos; sus descendientes habrían poseído fuerza física y espiritual. Habrían tenido percepciones claras y precisas de la verdad y del deber, discernimiento agudo y sano juicio. Pero no quisieron someterse a las restricciones y a los mandamientos de Dios, y esto les impidió, en gran parte, llegar a la alta norma que él deseaba que ellos alcanzasen, y recibir las bendiciones que él estaba dispuesto a concederles (Patriarcas y profetas, p. 396).

Los sacerdotes y gobernantes se estancaron en una rutina de cere­monias. Estaban satisfechos con una religión legal, y era imposible para ellos dar a otros las verdades vivientes del cielo. Consideraban cabal­mente suficiente su propia justicia, y no deseaban que un nuevo ele­mento se introdujera en su religión. No aceptaban la buena voluntad de Dios para con los hombres como algo independiente de ellos mismos, sino que la relacionaban con sus propios méritos debidos a sus buenas obras. La fe que obra por el amor y purifica el alma no podía unirse con la religión de los fariseos, hecha de ceremonias y de mandamientos de hombres (Los hechos de los apóstoles, p. 13).

Mediante Moisés, el Señor había presentado delante de su pueblo el resultado de la infidelidad. Al rehusar guardar su pacto, se habían de apartar de la vida de Dios, y su bendición no podía venir sobre ellos. “Guárdate -dijo Moisés- que no te olvides de Jehová tu Dios, para no observar sus mandamientos, y sus derechos, y sus estatutos, que yo te ordeno hoy: que quizás no comas y te hartes, y edifiques buenas casas en que mores, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se te aumente, y se eleve luego tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios… Y digas en tu corazón: Mi poder y la fortaleza de mi mano me han traído esta riqueza… Mas será, si llegares a olvidarte de Jehová tu Dios, y anduvieras en pos de dioses ajenos, y les sirvieres, y a ellos te encorvares, protéstolo hoy contra vosotros, que de cierto pereceréis. Como las gentes que Jehová destrui­rá delante de vosotros, así pereceréis; por cuanto no habréis atendido a la voz de Jehová vuestro Dios”.

La advertencia no fue tenida en cuenta por el pueblo judío. Se olvidaron de Dios, y perdieron de vista su elevado privilegio como representantes suyos. Las bendiciones que habían recibido no pro­porcionaron ninguna bendición al mundo. Todas sus ventajas fueron empleadas para su propia glorificación. Privaron a Dios del servicio que él requería de ellos, y robaron a sus prójimos la dirección religiosa y el ejemplo santo. A semejanza de los habitantes del mundo antedilu­viano, siguieron todos los pensamientos de su mal corazón. Así ellos hicieron aparecer como una farsa las cosas sagradas, diciendo: “Templo de Jehová, templo de Jehová es éste”, mientras que al mismo tiempo representaban indebidamente el carácter de Dios, deshonrando su nom­bre y profanando su santuario (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 233, 234).

 

Miércoles 7 de octubre: La amenaza de Babilonia

A los pocos años, este terrible castigo iba a caer sobre Joaquim; pero primero el Señor informó de su propósito resuelto a la nación impenitente. El cuarto año del reinado de Joaquim, “habló Jeremías profeta a todo el pueblo de Judá, y a todos los moradores de Jerusalén”, señalando que durante como veinte años, “desde el año trece de Josías… hasta este día” (Jeremías 25:2, 3), había atestiguado el deseo que Dios tenía de salvarlos, pero que sus mensajes habían sido despre­ciados. Y ahora el Señor les advertía:

“Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Por cuanto no habéis oído mis palabras, he aquí enviaré yo, y tomaré todos los linajes del aquilón, dice Jehová, y a Nabucodonosor rey de Babilonia, mi siervo, y traerélos contra esta tierra, y contra sus moradores, y contra todas estas naciones en derredor; y los destruiré, y pondrélos por escarnio, y por silbo, y en soledades perpetuas. Y haré que perezca de entre ellos voz de gozo y voz de alegría, voz de desposado y voz de desposada, ruido de muelas, y luz de lámpara. Y toda esta tierra será puesta en soledad, en espanto; y servirán estas gentes al rey de Babilonia setenta años” (versículos 8-11) (Profetas y reyes, pp. 317, 318).

El castigo más liviano que un Dios misericordioso podía infligir a un pueblo rebelde era que se sometiese al gobierno de Babilonia; pero si guerreaban contra este decreto de servidumbre, iban a sentir todo el rigor de su castigo (Profetas y reyes, p. 327).

En el fin del tiempo se levantarán personas que crearán confusión y rebelión entre el pueblo que profesa obedecer la ley de Dios. Pero tan ciertamente como cayeron los castigos divinos sobre los falsos profetas en los días de Jeremías, con la misma seguridad los obradores de iniquidad de hoy recibirán una medida completa de castigo, pues el Señor no ha cambiado. Los que profetizan mentiras animan a los hombres a que consideren livianamente el pecado. Pero cuando se manifiestan los terribles resultados de sus malos actos, procuran si es posible, que aparezca como responsable de sus dificultades el que los ha amonestado fielmente, así como los judíos culparon a Jeremías de sus desgracias.

Los que marchan por el camino de rebelión contra el Señor, siem­pre pueden encontrar falsos profetas que justifiquen sus actos y los adulen para su propia destrucción. Con frecuencia las palabras menti­rosas ganan muchos amigos, como lo ejemplifica el caso de estos falsos maestros entre los israelitas. Estos llamados profetas, en su celo fingido por el Señor ganaron muchos más creyentes y seguidores que los ver­daderos profetas que daban el sencillo mensaje del Señor (Comentario bíblico adventista, tomo 4, pp. 1179, 1180).

 

Jueves 8 de octubre: Juramento en falso

A través de la parábola del sembrador, Cristo presenta el hecho de que los diferentes resultados dependen del terreno. En todos los casos, el sembrador y la semilla son los mismos. Así él enseña que si la pala­bra de Dios deja de cumplir su obra en nuestro corazón y en nuestra vida, la razón estriba en nosotros mismos. Pero el resultado no se halla fuera de nuestro dominio. En verdad, nosotros no podemos cambiamos a nosotros mismos; pero tenemos la facultad de elegir y de determinar qué llegaremos a ser. Los oyentes representados por la vera del camino; el terreno pedregoso y el de espinas, no necesitan permanecer en esa condición. El Espíritu de Dios está siempre tratando de romper el hechi­zo de la infatuación que mantiene a los hombres absortos en las cosas mundanas, y de despertar el deseo de poseer el tesoro imperecedero. Es resistiendo al Espíritu como los hombres llegan a desatender y descui­dar la palabra de Dios. Ellos mismos son responsables de la dureza de corazón que impide que la buena simiente eche raíces, y de los malos crecimientos que detienen su desarrollo.

Debe cultivarse el jardín del corazón. Debe abrirse el terreno por medio de un profundo arrepentimiento del pecado. Deben desa­rraigarse las satánicas plantas venenosas. Una vez que el terreno ha estado cubierto por las espinas, solo se lo puede utilizar después de un trabajo diligente. Así también, solo se pueden vencer las malas tendencias del corazón humano por medio de esfuerzos fervientes en el nombre de Jesús y con su poder. El Señor nos ordena por medio de su profeta: “Haced barbecho para vosotros, y no sembréis sobre espinas”. “Sembrad para vosotros en justicia, segad para vosotros en misericordia”. Dios desea hacer en favor nuestro esta obra, y nos pide que cooperemos con él (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 36,37).

Conviene que consideremos aquello que pronto ocurrirá en el mundo. Este no es un tiempo para dedicarlo a las cosas frívolas o a las satisfacciones egoístas. Si los tiempos en que vivimos no logran impresionar de veras nuestras mentes, ¿qué otra cosa podría realizar un impacto en nosotros? ¿No piden las Escrituras un trabajo más puro y santo que el que hemos visto hasta ahora? (Mensajes selectos, tomo 2, p. 462).

A medida que nos aproximamos al tiempo cuando los principa­dos, las potestades y las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales se confabularán para luchar contra la verdad, cuando el poder engañador de Satanás será tan grande que engañará a los mismos escogidos, si tal cosa fuese posible, debemos permitir que el esclareci­miento divino agudice nuestro discernimiento, para que reconozcamos al Espíritu que es de Dios, y para que no ignoremos los artificios de Satanás. El esfuerzo humano debe unirse con el poder divino para que estemos en condiciones de cumplir la obra final para este tiempo (Mensajes selectos, tomo 2, p. 16).

 

Viernes 9 de octubre: Para estudiar y meditar

Profetas y reyes, pp. 11-16.

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