Miércoles 9 de abril
IMPUESTOS (Mat. 17:24-27)
La ley de Moisés tenía componentes civiles y ceremoniales; los ceremoniales indican que el Templo era el centro de la vida religiosa judía. En el siglo I, el Templo era tal vez la única estructura que les daba a los judíos un sentido de identidad nacional.
El Templo de Jerusalén estaba en renovación durante el tiempo de Jesús. Herodes el Grande había comenzado el grandioso proyecto por el año 20 a.C., pero no se completaría hasta el año 66 d.C. Muchos judíos eran muy serios en cuanto a su fe, y los romanos permitían que cobraran sus propios impuestos a fin de cubrir el costo del mantenimiento del Templo. Cada varón judío mayor de veinte años debía pagar medio siclo, sin importar cuál fuera su situación económica (Éxo. 30:13; 38:26).
Lee Mateo 17:24 al 27. ¿Qué quiso decir Jesús con “para no ofenderlos”? ¿Qué principio encontramos aquí que deberíamos aplicar también en nuestra propia vida?
Parece que los cobradores de impuestos del Templo recorrían las provincias para ver que todos los varones cumplieran con su obligación legal. La respuesta de Pedro a los cobradores da la impresión de que Jesús pagaba regularmente sus impuestos (Mat. 17:24, 25). Sin embargo, como Hijo de Dios, Jesús parecía estar cuestionando si era apropiado pagar impuestos para el mantenimiento de la casa de su Padre.
“Si Jesús hubiese pagado el tributo sin protesta, habría reconocido virtualmente la justicia del pedido, y habría negado así su divinidad. Pero, aunque consideró propio satisfacer la demanda, negó la pretensión sobre la cual se basaba. Al proveer para el pago del tributo, dio evidencia de su carácter divino. Quedó manifiesto que él era uno con Dios y que, por lo tanto, no se hallaba bajo tributo como mero súbdito del Rey” (DTG 401).
Jesús eligió satisfacer a las autoridades, y mandó a Pedro a que consiguiera el dinero para el tributo de la boca del primer pez que pescara. Este siclo bastaba para cubrir los impuestos de Jesús y de Pedro.
Jesús pagó el impuesto del Templo aunque sabía que pronto sería destruido (Mat. 24:1, 2). ¿Qué debería decirnos esto acerca de nuestras obligaciones de ser fieles en nuestros diezmos y ofrendas, sin importar los problemas que creamos que existen?

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