Se desató una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles com batieron al dragón; éste y sus ángeles a su vez, le hicieron frente, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. Así fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña al mundo entero. Junto con sus ángeles, fue arrojado a la tierra” [Apoc. 12:7-9, NVI]. “Aun cuando se decidió que Satanás no podría permanecer más tiempo en el cielo, la sabiduría infinita no lo destruyó. En vista de que solo un servicio por amor puede ser aceptable ante Dios, la sumisión de sus criaturas debe proceder de una convicción de su justicia y benevolencia. Los habitantes del cielo y de los demás mundos no estaban preparados para comprender la naturaleza o las consecuencias del pecado, ni podrían haber reconocido la justicia y la misericordia de Dios en la destrucción de Satanás. De haber sido este aniquilado inmediatamente, aquellos habrían servido a Dios por miedo antes que por amor. La influencia del engañador no habría quedado destruida del todo, ni el espíritu de rebelión habría sido extirpado por completo. Se debía permitir que el mal llegase a su madurez” (El conflicto de los siglos, pp. 552, 553).

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