Miércoles 22 de enero
UNA ADVERTENCIA TEMIBLE
Analiza Mateo 11:25 y 26; y 18:1 al 6 y 10 al 14. ¿Qué verdades, no solo acerca de los niños sino también acerca de la fe en general, aprendemos por medio de estas historias? Piensa en cuán severa fue la advertencia de Jesús aquí. ¿Por qué deberíamos temblar ante ella?
Hay en los niños una autenticidad singular a la que Jesús apeló con frecuencia cuando ilustraba cómo era su Reino. Su autenticidad, humildad, dependencia e inocencia captan, de algún modo, la esencia del vivir cristiano. ¡Cómo deberíamos todos anhelar esa sencillez y esa confianza al vivir nuestra fe!
Los que hacen discípulos hoy deberían aprender otra lección: los niños nunca necesitan dejar atrás su dependencia infantil. Educados apropiadamente, los niños pueden llevar su confiada inocencia a la adultez. Cuando los niños crecen y maduran, cuestionarán algunas cosas, tendrán luchas, dudas y preguntas sin respuestas, como las tenemos todos. Pero una fe infantil nunca pasa de moda. Como padres, o adultos, deberíamos hacer todo lo que podamos para instalar en los niños el conocimiento de Dios y de su amor, y nada es mejor que revelarles ese amor a través de nuestra vida, nuestra bondad, compasión y cuidado por ellos. Podemos predicar todo lo que queramos; pero, al fin, la mejor manera de discipular a los niños (y a los adultos) es vivir frente a ellos el amor de Dios en nuestra vida.
En contraste, los actos fríos y severos contra los niños –particularmente en las actividades patrocinadas por la iglesia– pueden destruir la confianza de un niño en la iglesia y en Dios. Los que realizan tales acciones ¡qué ira deben esperar! Cristo y su mensaje despiertan confianza y fe. ¿Cómo se atreverá cualquier organización humana a comprometer esa fe infantil por falta de vigilancia?
¿Qué está haciendo tu iglesia, no solo para nutrir a sus niños, sino también para asegurarse de que estén protegidos de toda manera posible? Piensa en lo que significa que Jesús dijera que “sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 18:10). ¿Por qué esto debe hacer temblar a todos los que hieren a un niño?

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