Lunes 27 de enero
SANAR EL CUERPO
Estudia Marcos 2:1 al 12. ¿Qué nos enseña con respecto a la conexión entre la enfermedad física y la pecaminosidad? ¿Qué lecciones no deberíamos tomar de esta historia?
Contrariamente a la doctrina bíblica, la antigua filosofía griega separaba las dimensiones espiritual (alma) y física (cuerpo) de la existencia humana. Creyendo que el alma humana era inmortal, muchos griegos despreciaban el cuerpo. Como el cuerpo era temporal y moría con el tiempo, era considerado de menor valor que un alma duradera.
Uno de los textos más famosos de la antigüedad expresaba en forma elocuente cuán corrupto y malo es el cuerpo ya que, al morir, su alma inmortal quedaría libre de todas las cosas que el cuerpo le impedía hacer.
Por supuesto, la Biblia enseña algo muy diferente. Los cuerpos humanos son la creación directa de Dios, una de sus obras “formidables, maravillosas” (Sal. 139:14). Además, el cuerpo no está separado del alma. Cuerpo, mente y espíritu son aspectos diferentes de la personalidad o de la existencia humana, no entidades que existen en forma independiente. Por eso, todo lo que afecta al cuerpo afecta a la mente y al espíritu; son aspectos interrelacionados de la persona humana. Así, cada vez que Cristo sanaba, no solo erradicaba el cáncer o curaba afecciones del corazón, sino también estaba transformando la experiencia física, mental y espiritual de la persona.
Jesús sanó más que solo cuerpos. Cristo siempre intentaba sanar a la persona completa. Así reconocía que la salud física era inseparable de la salud espiritual. Por medio de la curación física realizaba una transformación espiritual. En definitiva, ese era su propósito último. Después de todo, la gente que sanara, de todos modos, moriría para enfrentarse con la destrucción eterna al final del tiempo. Aun cuando Jesús sanaba el cuerpo, tenía un objetivo de alcances eternos.
Aunque la enfermedad puede resultar directamente de prácticas pecaminosas, a menudo las personas, aun los infantes, se enferman sin una razón obvia fuera de que todos somos víctimas de un mundo caído. ¿Por qué es tan importante recordar esta triste verdad cuando procuramos ministrar a alguien enfermo o que sufre por un ser amado enfermo?

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