Folleto - Tercer trimestre 2014 - Escuela Sabática

Folleto – Tercer trimestre 2014 – Escuela Sabática

Lección 6: Para el 9 de agosto de 2014
CRECER EN CRISTO

Sábado 2 de agosto
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Juan 3:1-15; Mateo 13:33; 2 Corintios 5:17; Juan 15:4-10; Mateo 6:9-13; Lucas 9:23, 24.
PARA MEMORIZAR:
“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).
NICODEMO SE SENTÍA ATRAÍDO A CRISTO, pero no se animaba a visitarlo abiertamente. Con amabilidad saludó a Jesús, reconociéndolo como un maestro enviado por Dios. Cristo sabía que detrás de este saludo cortés había un buscador de la verdad; así que, sin perder tiempo, le dijo que no necesitaba conocimiento teórico tanto como una regeneración espiritual, un nuevo nacimiento.
A Nicodemo le costaba entender esto. Como descendiente de Abraham, estaba seguro de que tenía un lugar asegurado en el Reino de Dios. Además, como un estricto fariseo, sin duda merecía el favor de Dios. Así que, ¿por qué habría de necesitar un cambio tan radical?
Pacientemente, Jesús le explicó que la transformación espiritual es una obra sobrenatural producida por el Espíritu Santo. Si bien no podemos verla ni entender cómo ocurre, ciertamente podemos percibir sus resultados. La llamamos conversión, una nueva vida en Cristo.
Aunque siempre deberíamos recordar cómo el Señor nos llamó y convirtió, nuestro desafío es permanecer aferrados a Cristo, diariamente y con firmeza, de modo que pueda transformarnos más y más a su imagen.

Domingo 3 de agosto
NACER DE NUEVO
Es maravilloso ver a un bebé recién nacido. Nos asombra su perfección. Aunque es tan pequeño e indefenso, sabemos que crecerá y llegará a ser un adulto plenamente desarrollado. Sin embargo, no importa cuán perfecto sea el bebé, al final morirá y se perderá eternamente, a menos que nazca de nuevo.
Lee la conversación de Jesús con Nicodemo, registrada en Juan 3:1 al 15. ¿De qué manera explicó Jesús el significado de nacer de nuevo?
Como maestro en Israel, Nicodemo sin duda conocía las Escrituras del Antiguo Testamento que hacen referencia a la necesidad de un “nuevo corazón” espiritual y a la disposición de Dios para crearlo en nosotros (Sal. 51:10; Eze. 36:26). Jesús le explicó esta verdad y cómo puede ocurrir.
El diálogo registrado por Juan termina con las palabras de Jesús. No hay ninguna respuesta de Nicodemo. Posiblemente, se fue a su casa inmerso en profundas reflexiones. Silenciosamente, el Espíritu Santo fue obrando en él y, tres años más tarde, estuvo listo para ser un discípulo de Jesús sin esconderse.
El hecho de que sea necesario nacer de nuevo muestra sin ninguna duda que el primer nacimiento es insuficiente desde el punto de vista espiritual. El nuevo nacimiento debe ser doble: del agua y del Espíritu. A la luz del ministerio de Juan el Bautista, Nicodemo fácilmente comprendió que nacer de nuevo del agua se refiere al bautismo con agua. Lo que también necesitaba saber era que nacer del Espíritu es la renovación del corazón por el Espíritu Santo.
Hay semejanzas entre el nacimiento físico y el espiritual. Ambos marcan el comienzo de una nueva vida. Ambos son producidos por otra persona, no por nosotros mismos. Pero, también hay una diferencia muy importante entre ellos: no pudimos elegir si queríamos nacer físicamente, pero sí podemos elegir si queremos nacer espiritualmente. Solo nacen de nuevo los que libremente deciden permitir que el Espíritu Santo genere un nuevo ser espiritual en ellos. Dios respeta nuestra libertad y, aunque está deseoso de transformarnos, no nos cambia por la fuerza.
Piensa en cómo produjo el Señor tu conversión. No importa si fue en circunstancias dramáticas o mediante un proceso largo e imperceptible. ¿De qué forma has experimentado el nuevo nacimiento?

Lunes 4 de agosto
LA NUEVA VIDA EN CRISTO
La única manera de nacer de nuevo es por medio del Espíritu Santo. Jesús aprovechó que la palabra griega pneuma significa tanto “Espíritu” como “viento” para ilustrar el proceso de la conversión (Juan 3:8). Cuando el viento sopla, nadie puede iniciarlo, dirigirlo ni detenerlo. Su gran poder está más allá del control humano. Nosotros solo podemos reaccionar ante él, ya sea resistiéndolo o usando su potencial para nuestro beneficio.
De la misma forma, el Espíritu Santo está obrando constantemente en el corazón de cada ser humano, atrayéndolo hacia Cristo. Nadie tiene control sobre su gran poder salvador y transformador. Lo único que podemos hacer es resistirlo o rendirnos ante él. Cuando nos sometemos a su influencia convincente, produce en nosotros una nueva vida.
¿Hay alguna manera de saber si hemos experimentado el nuevo nacimiento? Sí. El Espíritu obra invisiblemente, pero los resultados de su actividad son visibles. Los que nos rodean sabrán que Jesús creó un nuevo corazón en nosotros. El Espíritu siempre produce una demostración exterior de la transformación interior que realiza. Como dijo Jesús: “por sus frutos los conoceréis” (Mat. 7:20).
La nueva vida en Cristo no es una vida remendada con unas pocas reformas exteriores; no es una modificación o mejora de la anterior, es una transformación total.
¿Qué nos dicen los siguientes textos acerca de lo que realiza en nosotros el nuevo nacimiento? Tito 3:5-7; 2 Cor. 5:17; Gál. 6:15.
Mediante el Espíritu Santo, Cristo implanta en nosotros nuevos pensamientos, sentimientos y motivaciones. Despierta nuestra conciencia, cambia nuestra mente, subyuga todo deseo impuro y nos llena con la dulce paz del Cielo. Aunque el cambio no ocurre instantáneamente, con el tiempo, llegamos a ser una nueva criatura en Cristo. Hasta la expresión del rostro comienza a reflejar el amor, el gozo, la bondad y la mansedumbre de la presencia de Jesús en el corazón.
Medita en tu vida durante las últimas 24 horas. ¿Hasta qué punto aquellos que se relacionan contigo perciben a Cristo en tus palabras, actitudes y acciones? Ora acerca de los rasgos de tu carácter que todavía necesitan ser modelados por el Espíritu Santo.

Martes 5 de agosto
PERMANECER EN CRISTO
Una vida espiritual floreciente solo es posible si dependemos constantemente de Cristo. Él usó la ilustración de la vid para enseñarnos cómo lograr esto. “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos”, dijo Jesús (Juan 15:5). El Antiguo Testamento describe a Israel como una viña que el Señor había plantado (Isa. 5:1-7; Sal. 80:8, 9; Jer. 2:21); pero Jesús se presenta a sí mismo como “la vid verdadera” (Juan 15:1) e insta a sus seguidores a estar unidos a él, como las ramas están unidas a la vid.
¿Qué nos enseñan estos textos acerca de permanecer continuamente en Cristo? Juan 15:4-10.
Una rama que ha sido recientemente separada de la vid puede parecer viva por un tiempo; pero, sin duda, se marchitará y morirá porque ha sido separada de la fuente de vida. De la misma manera, solo podemos recibir vida a través de nuestra conexión con Cristo. Sin embargo, para que sea efectiva, esta unión debe mantenerse en todo momento. Es esencial dedicar tiempo a leer la Biblia y a orar en la mañana; pero, además, nuestra comunión con el Señor tiene que continuar a lo largo de todo el día. Permanecer en Cristo significa buscarlo constantemente, pedirle que nos guíe, orar por su poder para obedecer su voluntad, rogarle que su amor nos llene.
Una de las trampas más engañosas del enemigo es hacernos pensar que podemos vivir la vida cristiana independientemente del Señor. No obstante, “separados de mí nada podéis hacer” (vers. 5): sin él no podemos resistir ni una tentación, vencer ni un solo pecado, ni desarrollar un carácter a su semejanza. La nueva vida espiritual solo puede crecer mediante una comunión ininterrumpida con Cristo.
Somos alimentados y fortalecidos al leer la Palabra y meditar en ella. “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”, dijo Jesús (Juan 6:63). Esas palabras, atesoradas en nuestro corazón y nuestra mente, inspirarán nuestras oraciones para mantenernos en contacto con el Señor. Aunque es fácil que “los afanes de este siglo” nos distraigan (Mar. 4:19), debemos hacer un esfuerzo concentrado para permanecer en Jesús.
¿Cuáles son los mayores obstáculos que te impiden permanecer constantemente unido a Cristo? ¿Qué pasos puedes dar a fin de superarlos o eliminarlos?

Miércoles 6 de agosto
LA ORACIÓN
Junto con el estudio de la Biblia, la oración es indispensable a fin de permanecer en Cristo y crecer espiritualmente. Jesús mismo necesitaba orar para estar unido con el Padre. Su vida de oración es un ejemplo para nosotros. La oración marcó los momentos cruciales de su vida: oró cuando fue bautizado; a menudo oraba en lugares solitarios antes del amanecer o en la montaña después de la puesta del sol; otras veces pasó toda la noche orando, como en la víspera de elegir a los doce apóstoles; oró para resucitar a Lázaro. Ni siquiera la cruz le impidió orar.
Si el “Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (Mat. 6:8), ¿por qué necesitamos presentarle nuestras necesidades en oración? Porque, a través de la oración, aprendemos a vaciarnos de nosotros mismos y a depender completamente de él.
“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mat. 7:7). Aunque no es necesario impresionarlo mediante oraciones interminables de vanas repeticiones (Mat. 6:5-9), necesitamos perseverar en oración, aferrándonos a sus promesas, no importa lo que pase (Juan 15:7; 16:24).
¿De qué manera las diferentes partes del Padrenuestro pueden ayudarnos a crecer en Cristo? Mat. 6:9-13.
Jesús es nuestro Mediador en el cielo. Por lo tanto, nos instruyó para que dirijamos nuestras oraciones al Padre en su nombre. “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Juan 16:23). Cristo enseñó que hay ciertas condiciones para que esta maravillosa promesa se cumpla. Necesitamos creer que Dios nos puede responder (Mat. 21:22). Debemos tener una actitud de perdón hacia nuestro prójimo (Mar. 11:25). Más importante aún, tenemos que subordinar nuestra voluntad a la voluntad del Padre (Mat. 6:10; Luc. 22:42). Y cualquier “demora” en la respuesta no debería desanimarnos; por el contrario, necesitamos “orar siempre, y no desmayar” (Luc. 18:1).
“Señor, enséñanos a orar” (Luc. 11:1) es un pedido siempre relevante, no importa cuánto tiempo haya pasado desde que aceptamos a Cristo como nuestro Salvador. ¿En qué aspecto de tu vida de oración todavía necesitas crecer, por la gracia de Dios?

Jueves 7 de agosto
MORIR AL “YO” CADA DÍA
Paradójicamente, solo muriendo podemos vivir de verdad. Cuando nos bautizamos, morimos (idealmente) a nuestra vieja naturaleza y nos levantamos a una nueva vida. Sería maravilloso que nuestro viejo hombre de pecado muriese definitivamente al ser sepultados bajo las aguas bautismales. Tarde o temprano, sin embargo, todos descubrimos que nuestros hábitos y tendencias originales todavía están vivos y luchan por recuperar el control de nuestra vida. Después de nuestro bautismo, es necesario hacer morir la vieja naturaleza vez tras vez. Por eso, Jesús asoció la vida cristiana con una cruz.
¿Qué significa Lucas 9:23 y 24?
Muchos piensan que la cruz que tienen que llevar es una enfermedad seria, circunstancias desfavorables en la vida o una discapacidad permanente. Aunque cualquiera de estos problemas sin duda es una carga muy pesada, el significado de las palabras de Jesús va más allá. Llevar nuestra cruz significa negarnos a nosotros mismos diariamente. No de vez en cuando, sino cada día; no solo una parte de nuestro ser, sino todo.
La vida cristiana es una vida cruciforme. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gál. 2:20). En el mundo antiguo, las víctimas de la crucifixión no morían de inmediato. Normalmente, agonizaban durante muchas horas, a veces varios días, mientras colgaban de la cruz. Nuestra vieja naturaleza, aunque crucificada, lucha por sobrevivir y bajarse de la cruz.
No es fácil negarnos a nosotros mismos. Nuestra vieja naturaleza se resiste a morir. Más aún, ni siquiera podemos clavarnos a nosotros mismos a la cruz. “Ningún hombre puede despojarse del yo por sí mismo. Solo podemos consentir en que Cristo haga esta obra. Entonces, el lenguaje del alma será: Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, mantenlo puro, porque yo no puedo mantenerlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y desemejante a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma.
“No solo al comienzo de la vida cristiana ha de hacerse esta renuncia al yo. Ha de renovársela a cada paso que se dé hacia el cielo. […] Únicamente podemos caminar con seguridad mediante una constante renuncia al yo y dependencia de Cristo” (PVGM 123, 124).
¿Cuándo fue la última vez que moriste al yo? ¿Qué te dice tu respuesta, especialmente a la luz de los textos de hoy?

Viernes 8 de agosto
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR: Lee “La consagración”, El camino a Cristo, pp. 42-48; y “Nicodemo”, El Deseado de todas las gentes, pp. 140-149.
“La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás hayamos tenido. El rendirse a sí mismo, entregando todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha; pero, para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios” (CC 42).
“No podemos retener nuestro propio yo y ser llenados de la plenitud de Dios. Debemos vaciarnos del yo. Si hemos de ganar finalmente el cielo, será solamente mediante la renuncia al yo, y recibiendo la mente, el Espíritu y la voluntad de Cristo Jesús” (ELC 157).
“Cuando el Espíritu de Dios se posesiona del corazón, transforma la vida. Los pensamientos pecaminosos son puestos a un lado, las malas acciones son abandonadas; el amor, la humildad y la paz, reemplazan a la ira, la envidia y las contenciones. La alegría reemplaza a la tristeza, y el rostro refleja la luz del cielo. […] La bendición viene cuando por la fe el alma se entrega a Dios. Entonces ese poder que ningún ojo humano puede ver crea un nuevo ser a la imagen de Dios” (DTG 144).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. ¿Cómo has experimentado lo que significa permanecer en Cristo? ¿Qué ocurre cuando estás unido a Jesús? ¿Qué pasa si no estás unido a él?
2. ¿Quién no ha luchado con la realidad de que hay oraciones que no son respondidas, al menos en la forma en que pedimos? ¿De qué manera mantienes tu fe en Dios y en sus promesas ante peticiones que no han sido contestadas como tú deseabas? ¿Qué debemos tener presente toda vez que nos encontramos en tales situaciones?
3. ¿Qué tiene el yo, en su misma naturaleza, que requiere que lo neguemos diariamente? Si no te negaras a ti mismo, si permitieras que tu yo domine todo lo que piensas y haces, ¿qué clase de vida vivirías? ¿Reflejarías la vida de nuestro Maestro?

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