Domingo 4 de mayo
MUERTOS A LA LEY (Rom. 7:1-6)
Examina cuidadosamente Romanos 7:1 al 6 y resume, lo mejor que puedas, lo que está enseñando Pablo. Léelo con cuidado, recordando otros pasajes bíblicos acerca de la Ley.
Aunque algunas versiones bíblicas traducen incorrectamente el primer versículo para que diga que la Ley es válida hasta la muerte, una interpretación literal es: “toda persona viva está bajo el gobierno de la Ley”. El énfasis no está en la muerte sino en los vivos.
El ejemplo del matrimonio demuestra que cualquier persona casada que tiene una relación íntima con otra persona que no es su cónyuge ha quebrantado la Ley y es culpable de adulterio. Solo si su cónyuge muere, esa persona puede entrar en una relación con otra sin violar la Ley.
Además, algunos alegan que este pasaje muestra la muerte de la Ley; sin embargo, realmente muestra la muerte de una persona a la Ley por medio del cuerpo de Cristo (Rom. 7:4). Según Romanos 6:6, la parte de la persona que muere es “el viejo hombre”. Cuando está unida al viejo hombre, la persona está condenada por la Ley y así atrapada en una relación miserable (Rom. 7:9-11, 24). Después de que el viejo hombre muere, la persona está libre para entrar en una relación con otro: el Cristo resucitado (Rom. 7:4).
Lo que Pablo dice es que porque la Ley obliga a cada persona viva, la Ley de Dios también debe gobernar la nueva unión. Sin embargo, el hecho de que el creyente está ahora casado con Cristo significa que la Ley ya no es un instrumento de condenación; el creyente en Jesús está libre de la condenación de la Ley porque está cubierto por la justicia de Jesús.
Pablo no está afirmando que los Diez Mandamientos, que definen el pecado, están ahora abolidos; eso sería contrario a mucho de lo que la Biblia dice, incluso lo que él escribió. En cambio, está hablando de una nueva relación que la persona tiene con la Ley, por medio de la fe de Jesús. La Ley sigue siendo obligatoria; solo resulta que, para el creyente en Jesús que murió al yo y al pecado, la Ley ya no lo tiene en las garras de la condenación porque ahora “pertenece a otro”, a Jesús.

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