Jueves 7 de noviembre
EL YOM KIPPUR PERSONAL DE ISAÍAS
En Isaías 6:1 al 6, Isaías ve al Rey celestial sentado sobre un trono “alto y sublime” en el Templo. La visión es una escena de juicio que presenta a Dios, que viene a juzgar (Isa. 5:16). Isaías contempla al verdadero Rey, identificado en el Evangelio de Juan como Jesucristo (Juan 12:41).
Aun cuando Isaías era un profeta de Dios y llamaba a otros al arrepentimiento, él comprendió que en la presencia de Dios estaba condenado. Confrontado con la santidad y la gloria de Dios, Isaías percibió su propia pecaminosidad y también la impureza de su pueblo. La santidad y el pecado son incompatibles. Como Isaías, todos necesitamos comprender que no podemos pasar con éxito el juicio divino por nosotros mismos. Nuestra única esperanza es tener un Sustituto.
¿Qué similitudes aparecen en Isaías 6:1 al 6 con el Día de Expiación?
La combinación de un templo lleno de humo, un altar, un juicio, y la expiación por el pecado y la impureza, recuerda el Día de Expiación. Isaías experimentó su propio “Día de Expiación”.
Actuando como sacerdote, un serafín (literalmente, “un ardiente”) tomó un carbón encendido del altar, presuponiendo alguna ofrenda, para purificar el pecado del profeta. Esta es una imagen adecuada para la limpieza del pecado posible por medio del sacrificio de Jesús y de su ministerio sacerdotal de mediación. Isaías reconoció esto como un rito de purificación, y se mantuvo quieto cuando el carbón tocó sus labios. Por ello, se le dijo: “Es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Isa. 6:7). La voz pasiva en el versículo 7 muestra que ese perdón fue otorgado por el que estaba sentado sobre el Trono. El Juez es también el Salvador.
La obra de purificación nos lleva del “¡Ay de mí!” al “Heme aquí, envíame a mí”. Comprender la obra celestial en el Día de Expiación nos lleva a estar preparados para la proclamación, porque una comprensión verdadera lleva a la certeza y la seguridad. Esto es porque, en el Juicio, tenemos un Sustituto, Jesucristo, cuya sola justicia (simbolizada por la sangre) nos capacitará para estar sin temor de condenación (Rom. 8:1). La gratitud motiva a la misión. Los pecadores perdonados son los mejores embajadores de Dios (2 Cor. 5:18-20) porque saben de qué los ha librado Dios.

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