LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Isaías 53:2-12; Hebreos 2:9; 9:26-28; 9:12; Éxodo 12:5; Hebreos 4:15.
PARA MEMORIZAR:
“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia, y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Ped. 2:24).
EL SACERDOTE CATÓLICO Maximiliano Kolbe fue internado en Auschwitz por proteger a refugiados de Polonia, incluyendo a dos mil judíos. Cuando un prisionero en su barraca desapareció (tal vez escapó), el servicio de seguridad eligió a diez prisioneros para que, en represalia, murieran de hambre. Uno de los elegidos exclamó: “¡Oh, mi pobre esposa, mis pobres hijos! ¡Nunca los volveré a ver!” Kolbe se ofreció para ocupar su lugar, y ser condenado a morir de hambre. El sorprendido oficial de la SS estuvo de acuerdo, y Kolbe se unió a la fila de los condenados, liberando al otro hombre.
Aunque es emocionante, el sacrificio de Kolbe es apenas una sombra de aquel que tomó nuestro lugar, un acto simbolizado en el servicio del Santuario. El Nuevo Testamento identifica a Jesús con los dos aspectos principales del sistema de sacrificios del Antiguo Testamento: él es nuestro sacrificio (Heb. 9, 10), y también nuestro Sumo Sacerdote (Heb. 5-10).
Veremos algunos aspectos del sacrificio máximo de Cristo y lo que su muerte provee para nosotros.

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