LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Mateo 21:28-32; Juan 8:1-11; Marcos 5:1-20; Juan 4:5-32; Mateo 9:9-13.
PARA MEMORIZAR:
“Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Juan 4:28, 29).
UNA MUJER JOVEN –proveniente de un trasfondo increíblemente triste y horrible (que incluía dos hijos fuera del matrimonio para cuando tenía quince años)– estaba en la cárcel, esperando el juicio por haber asesinado a una trabajadora social que había ido para quitarle a su bebé, la única persona por quien había alguna vez sentido amor.
Sin madre, padre, esposo, parientes o aun un amigo, ella afrontaba sola un futuro prohibitivo. Mediante las visitas de un pastor, sin embargo, esta jovencita desesperada aprendió que –a pesar de todos sus errores, de lo desesperante de su situación y de lo que asomaba en su horizonte– Cristo la amaba y la perdonaba. No importaba de qué manera la sociedad considerara a esta jovencita, ella conocía, por sí misma, el eterno amor de Dios. Esta desechada social descubrió significado y propósito en su Señor, cuyo amor y aceptación trascendían todas las normas y costumbres sociales, incluso las “buenas”.

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