Lección 7 | Jueves 16 de noviembre 2017 | Síntomas de una enfermedad | Escuela Sabática Joven

SÍNTOMAS DE UNA ENFERMEDAD
JUEVES 16 NOVIEMBRE
Opinión | Rom. 6:14
Una idea común en el cristianismo es que una vez que alguien ha declarado que Jesús es el Señor y ha aceptado su maravillosa gracia, ya no está atado a la ley y, por lo tanto, no tiene que cumplirla.
Primero, considera esto: unas horas después de disfrutar de tu comida preferida te sobrevienen náuseas. Todo tu cuerpo está cubierto de sudor frío y tiemblas mientras tu estómago se revuelve.
Quizás el queso estaba un poco enmohecido; quizás la salsa estuvo fuera del refrigerador por demasiado tiempo. De cualquier forma, la siguiente vez que piensas en comer ese plato, el solo pensarlo hace que sientas malestar en tu estómago. En lugar de eso, eliges otra cosa.
Este fenómeno se llama “aversión condicionada al sabor”, y ocurre cuando el cerebro asocia ciertas comidas con una reacción negativa experimentada poco después de consumirlas. Desde esa ocasión, el cuerpo queda sensible a lo que lo haya hecho enfermarse y no se puede disfrutar la comida.
De manera similar, cuando declaramos que Jesús es el Señor y aceptamos el poder del Espíritu Santo en nuestras vidas, nacemos de nuevo y el pecado ya no es parte de nuestra naturaleza. Sin embargo, algunos profesan el nombre de Dios pero siguen conservando conductas dañinas que van en contra de su ley, por la opinión de que la gracia nos da libertad total para hacer lo que queramos. No obstante, la ley siempre estará codo a codo con la gracia.
Al permitir que en nuestras vidas prosperen conductas dañinas, no reconocemos el hecho de que los pecados, las acciones, son meros síntomas del problema mayor del pecado, la verdadera enfermedad. Algunos usan la gracia para encubrir los hábitos acariciados, y dicen ser salvos. El apetito por estas conductas indica que, como el cuerpo ingirió algo dañino pero no lo reconoció como un veneno, la aversión condicionada al gusto no ha sido desarrollada y la vulnerabilidad sigue allí. Sin embargo, al reconocer el problema más profundo del pecado como una enfermedad, es posible llegar a ser sensibles a lo que realmente está causando la enfermedad.
Cuando morimos al pecado, ya no es parte de nuestra naturaleza. En lugar de considerar los pecados como algo que ahora es permisible por la gracia que hemos recibido, el enfoque debería estar en ser más y más semejantes a la imagen de Jesús. Solo entonces las cosas que una vez disfrutamos, y que luchamos por abandonar, ahora simplemente desaparecerán.

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