Miércoles 13 de agosto
AMARÁS A TUS ENEMIGOS
La evidencia suprema de cristianismo genuino es el amor hacia nuestros enemigos. Jesús estableció este estándar elevado en contraste con la idea prevaleciente en sus días. A partir del mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev. 19:18), muchos habían deducido algo que, en realidad, el Señor nunca había dicho ni planeado: odiarás a tu enemigo. Por supuesto, eso no estaba implícito en el texto mismo.
¿De qué maneras prácticas se puede manifestar amor hacia los enemigos, según Cristo? Luc. 6:27, 28.
Un adversario puede mostrarnos enemistad de tres maneras diferentes (Mat. 5:44): por una actitud hostil (“los que os aborrecen”), por medio de palabras soeces (“los que os maldicen”) y por medio de acciones abusivas (“los que os ultrajan y os persiguen”). A esta triple forma de expresión de enemistad, Cristo nos instruye que respondamos con tres manifestaciones de amor: hacer buenas acciones por ellos (“haced [les] bien”), hablar bien de ellos (“bendecid [los]”) e interceder por ellos ante Dios (“orad” por ellos). La respuesta cristiana a la hostilidad y el antagonismo es: “Vence con el bien el mal” (Rom. 12:21).
Nota que Jesús primeramente nos pide que amemos a nuestros enemigos y luego, como resultado, que demostremos este amor por medio de buenas acciones, palabras amables y oración intercesora. Sin el amor proveniente del Cielo, estas acciones, palabras y oraciones serían una falsificación hipócrita y ofensiva del verdadero cristianismo.
¿Qué razones mencionó Jesús para explicar por qué debemos amar a nuestros enemigos? Luc. 6:32-35.
A fin de ayudarnos a entender este mandamiento elevado, el Señor utilizó tres argumentos. Primero, debemos vivir por encima de los bajos estándares del mundo. Incluso los pecadores se aman unos a otros, y hasta los criminales se ayudan unos a otros. Si seguir el ejemplo de Cristo no nos elevara para vivir y amar de una forma superior a la virtud de los hijos de este mundo, ¿qué valor tendría? Segundo, Dios nos recompensará por amar a nuestros enemigos; aunque no tenemos que amarlos por la recompensa que recibiremos, Dios nos la otorgará con generosidad. Y tercero, este tipo de amor es una evidencia de nuestra comunión cercana con nuestro Padre celestial, que “es benigno para con los ingratos y malos” (Luc. 6:35).
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