Lección 9 | Domingo 26 de noviembre 2017 | En Jesucristo | Escuela Sabática

Domingo 26 de noviembre
EN JESUCRISTO
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:1). ¿Qué significa “ninguna condenación”? ¿Ninguna condenación de qué? Y, ¿por qué es una muy buena noticia?
“En Cristo Jesús” es una frase común en los escritos paulinos. Que una persona esté en Cristo Jesús quiere decir que ha aceptado a Cristo como su Salvador. Confía en él implícitamente y ha decidido hacer suyo el modo de vida de Cristo. El resultado es una estrecha unión personal con Cristo.
“En Cristo Jesús” contrasta con “en la carne”. También contrasta con la experiencia detallada en el capítulo 7, donde Pablo describe como carnal a la persona bajo condenación, antes de que se entregue a Cristo, lo que significa que es esclava del pecado. Está bajo condenación de muerte (Rom. 7:11, 13, 24). Sirve a la “ley del pecado” (Rom. 7:23, 25). Está en un estado terrible y miserable (Rom. 7:24).
Pero, entonces, la persona se entrega a Jesús, y se produce un cambio inmediato en su posición delante de Dios. Quien anteriormente estaba condenado como infractor de la Ley, ahora es perfecto a la vista de Dios, como si nunca hubiese pecado, porque la justicia de Jesucristo lo cubre completamente. No hay más condenación, no porque la persona sea irreprochable, sin pecado o merecedora de la vida eterna (¡para nada!), sino porque el registro perfecto de la vida de Jesús ocupa el lugar del registro de la persona; por consiguiente, no hay condenación.
Sin embargo, lo bueno no termina allí.
¿Qué libera a una persona de la esclavitud al pecado? Rom. 8:2.
La frase “la ley del Espíritu de vida” se refiere al plan de Cristo para salvar a la humanidad, en contraste con “la ley del pecado y de la muerte”, que en el capítulo 7 se describe como la ley con la que reinó el pecado, cuyo fin era la muerte. La ley de Cristo, en cambio, produce vida y libertad.
“Todo aquel que rehúsa entregarse a Dios está bajo el dominio de otro poder. No es su propio dueño. Puede hablar de libertad, pero está en la más abyecta esclavitud. […] Mientras se lisonjea de estar siguiendo los dictados de su propio juicio, obedece la voluntad del príncipe de las tinieblas. Cristo vino para romper las cadenas de la esclavitud del pecado para el alma” (DTG 431). ¿Eres esclavo o estás libre en Cristo? ¿Cómo puedes saberlo con certeza?

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