¡Bienaventurados los que no se confunden! Me quedó claro que las pretensiones de Jesús iban en serio. Su visita a Jerusalén le había provocado una situación muy arriesgada con el Sanedrín. Estaba bien que pretendiera hacer las cosas de otra manera, pero expulsar del templo de Jerusalén a los comerciantes… ¡Eso fue demasiado! Pero, lejos de abandonar sus planes, lo único que hizo fue regresar a la región de Galilea, cerca de nuestra casa. Nos enteramos que durante varios meses estuvo anunciando que ‘el reino de los cielos se había acercado” y que su fama como ‘nuevo rabino” se había extendido por todo el país. Lo que más nos confundió es que algunos de sus seguidores habían comenzado a creer que él liberaría a nuestra nación del dominio del imperio romano. Pero, según entiendo, estas personas no eran los únicos que se habían confundido. Sus propios discípulos no entendían por qué Jesús no fortalecía su causa procurando obtener el apoyo de los sacerdotes y los rabinos. Se preguntaban por qué tardaba tanto en establecer su autoridad como rey. Si eso era lo que se proponía, ¿por qué no lo hacía de una vez por todas? Para Jesús, sin embargo, habla llegado el momento apropiado para aclarar la verdadera naturaleza de su reino y de su misión. Solo, sobre un monte cerca del mar de Galilea, Jesús pasó la noche orando y al amanecer, tras tener un encuentro especial con sus discípulos, se dirigió hacia un sitio cercano donde ya había mucha gente esperándolo. Sentados sobre la hierba de una ladera cercana al mar, deseosos de que Jesús estableciera pronto su reino en Jerusalén, sus oyentes se dispusieron a escucharlo con suma atención. Entre ellos, algunos escribas y fariseos esperaban oírle decir

(646)

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*