Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. (1 Juan 3: 1.)

Mientras Juan pensaba en el amor de Cristo, se sintió impulsado a exclamar: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”.

La gente considera un gran privilegio ver a un personaje de la familia real, y miles viajan grandes distancias para contemplar a uno de ellos. ¡Cuánto mayor es el privilegio de ser hijos e hijas del Altísimo! ¿Qué prerrogativa más grande se nos podría conferir que la de permitirnos formar parte de la familia real?

A fin de llegar a ser hijos e hijas de Dios, debemos separarnos del mundo. “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor,… y seré a vosotros Padre, y vosotros me seréis a mí hijos e hijas”.

Hay un cielo delante de nosotros, una corona de vida que ganar. Pero sólo se dará la recompensa al vencedor. El que gane el cielo debe entrar revestido del manto de justicia. “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”. (1 Juan 3: 3). En el carácter de Cristo no había desarmonía de ninguna especie. Y ésta debe ser nuestra experiencia. Nuestra vida debe estar dominada por los principios que regían la suya.

Por medio de la perfección del sacrificio hecho en favor de la raza culpable, los que creen en Cristo, al venir a él, pueden ser salvados de la ruina eterna…

Que nadie sea engañado de tal manera por el enemigo como para pensar que es una condescendencia para algún hombre, por talentoso o culto o digno que sea, la aceptación de Cristo. Cada ser humano debe mirar al cielo con reverencia y gratitud, y exclamar con asombro: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. 10

(2585)

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*