FOLLETO NOTAS DE ELENA - TERCER TRIMESTRE 2013Lunes 8 de julio: La vida de oración de Jesús

En la estima de los rabinos, era la suma de la religión estar siempre en un bullicio de actividad. Ellos querían manifestar su piedad superior por algún acto externo. Así separaban sus almas de Dios y se encerraban en la suficiencia propia. Existen todavía los mismos peligros. Al aumentar la actividad, si los hombres tienen éxito en ejecutar algún trabajo para Dios, hay peligro de que confíen en los planes y métodos humanos. Propenden a orar menos y a tener menos fe. Como los discípulos, corremos el riesgo de perder de vista cuánto dependemos de Dios y tratar de hacer de nuestra actividad un salvador; Necesitamos mirar constantemente a Jesús comprendiendo que es su poder lo que realiza la obra. Aunque hemos de trabajar fervorosamente para la salvación de los perdidos, también debemos tomar tiempo para la meditación, la oración y el estudio de la Palabra de Dios. Es únicamente la obra realizada con mucha oración y santificada por el mérito de Cristo, la que al fin habrá resultado eficaz para el bien.

Ninguna vida estuvo tan llena de trabajo y responsabilidad como la de Jesús, y, sin embargo, cuán a menudo se le encontraba en oración. Cuán constante era su comunión con Dios. Repetidas veces en la historia de su vida terrenal, se encuentran relatos como éste: “Levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba”. “Y se juntaban muchas gentes a oír y ser sanadas de sus enfermedades.

Mas él se apartaba a los desiertos, y oraba”. “Y aconteció en aquellos días, que fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios”. En una vida completamente dedicada al beneficio ajeno, el Salvador hallaba necesario retirarse de los caminos muy transitados y de las muchedumbres que le seguían día tras día. Debía apartarse de una vida de incesante actividad y contacto con las necesidades humanas, para buscar retraimiento y comunión directa con su Padre. Como uno de nosotros, participante de nuestras necesidades y debilidades, dependía enteramente de Dios, y en el lugar secreto de oración, buscaba fuerza divina, a fin de salir fortalecido para hacer frente a los deberes y las pruebas. En un mundo de pecado, Jesús soportó luchas y torturas del alma. En la comunión con Dios, podía descargarse de los pesares que le abrumaban. Allí encontraba consuelo y gozo.

En Cristo el clamor de la humanidad llegaba al Padre de compasión infinita. Como hombre, suplicaba al trono de Dios, hasta que su humanidad se cargaba de una corriente celestial que conectaba a la humanidad con la divinidad. Por medio de la comunión continua, recibía vida de Dios a fin de impartirla al mundo. Su experiencia ha de ser la nuestra (El Deseado de todas las gentes, p. 329, 330).

Jesús llenaba su alma mediante la oración antes de salir a ministrar. En su tiempo, el Monte de los Olivos era el lugar donde los creyentes en Jerusalén se reunían frecuentemente para sus devociones. Las colinas y valles que rodeaban Jerusalén, ahora tan desolados y desiertos, estaban llenos de olivares y huertos donde los fieles de Israel iban a menudo a estudiar las Escrituras y a orar. El jardín del Getsemaní era uno de los lugares más frecuentados. Este era  el lugar donde Jesús, cuando la ciudad de Jerusalén se silenciaba en la noche, se retiraba para  estar en comunión con su Padre. Cuando todos los que habían sido servidos por él se retiraban a sus hogares, se nos dice que él se iba al Monte de los Olivos. En ocasiones llevaba a sus discípulos con él para que se unieran en oración. Mañana tras mañana y tarde tras tarde recibía la gracia, a fin de que pudiera impartirla a otros. Cuando su alma se llenaba de gracia y fervor, salía para ministrar a otras almas (Signs of the Times, 15 de julio de 1908).

 

 

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