«Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor ni desmayes cuando eres reprendido por él, porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo» (Hebreos 12:5,6).

 A mi esposa y a mí nos gusta salir a dar un paseo cada día. Dicen que caminar es el mejor ejercicio. Donde vivimos hay kilómetros de acera pavimentada, por lo que caminar resulta una actividad agradable.

Una mañana, mientras andábamos, vimos que un mandarinero extendía sus ramas por encima de la cerca. Estaba repleto de mandarinas; así que tomé un par para comerlas durante el paseo. Pelé una y me llevé un gajo a la boca. Era terriblemente amarga. Más tarde leímos sobre cómo cuidar los árboles de cítricos. El artículo decía que, si no se podan a menudo, vuelven a su estado salvaje. Esto respondió a mi pregunta de por qué la fruta que quise comer por la mañana sabía tan amarga. Era obvio; el árbol nunca había sido podado.

Cuando me enteré de ello, fui donde tenemos plantado el toronjero y, con unas tijeras de podar, corté todos los brotes que crecían fuera de la copa. Nunca darían fruto y, sin embargo, debilitarían al árbol e impedirían que la luz del sol alcanzase el tronco.

Cuando entendí la importancia de podar mi toronjero, comprendí lo que Jesús quiso decir al declarar: «Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto» (Juan 15:2).

La poda hace que el árbol frutal crezca sano y, como resultado, dé más fruto. Eliminar los brotes estériles no hace daño al árbol. Así como es preciso podar los árboles para que no vuelvan a su estado salvaje y no den frutos amargos, Dios conoce qué hay en nuestra vida que nos impide crecer espiritualmente o puede hacemos volver al mundo. A diferencia de mi toronjero, que Dios nos «pode» puede ser doloroso. Sin embargo, «sabemos, además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Rom. 8:28).  Basado en Juan 15:1-6

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