Notas de Elena - Libro - Segundo trimestre 2013 - Escuela Sabática

Notas de Elena – Libro – Segundo trimestre 2013 – Escuela Sabática

Lunes 13 de mayo:

Los que maquinan iniquidad

El Señor hizo un pacto con Israel por el cual, si obedecían sus mandamientos, él les daría la lluvia a su tiempo, la tierra rendiría sus productos, y los árboles del campo, sus frutos. El prometió que la trilla llegaría hasta la vendimia, y la vendimia hasta la siega, y que comerían su pan hasta saciarse y habitarían en su tierra con seguridad, Él exter­minaría a sus enemigos. No los aborrecería, sino andaría con ellos, sería su Dios, y ellos serían su pueblo. Pero si ellos desatendían sus mandamientos, los trataría exactamente del modo opuesto. Tendrían su maldición en vez de su bendición. El quebrantaría la soberbia de su orgullo, y haría su cielo como hierro y su tierra como bronce: “Vuestra fuerza se consumirá en vano, porque vuestra tierra no dará su producto, y los árboles de la tierra no darán su fruto. Si anduviereis conmigo en oposición”, “yo también procederé en contra de vosotros” (Testimonios para la iglesia, tomo 2, p. 583).

Por medio de Moisés Dios había presentado a su pueblo los resul­tados de la infidelidad. Al negarse a cumplir su pacto, se separaría de la vida de Dios; y la bendición de él ya no podría descansar sobre ese pueblo. A veces estas amonestaciones fueron escuchadas, y ricas bendi­ciones fueron otorgadas a la nación judía y por su medio a los pueblos que la rodeaban. Pero en su historia fue más frecuente que sus hijos se olvidaran de Dios y perdieran de vista el gran privilegio que tenían como representantes suyos. Le privaron del servicio que él requería de ellos, y privaron a sus semejantes de la dirección religiosa y del ejemplo santo que debían darles. Desearon apropiarse de los frutos del viñedo sobre el cual habían sido puestos como mayordomos. Su codicia los hizo despreciar aun por los paganos; y el mundo gentil se vio así inducido a interpretar erróneamente el carácter de Dios y las leyes de su reino (Profetas y reyes, p. 14).

“Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestamos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Corintios 10:11).

Las murmuraciones del antiguo Israel y su descontento rebelde, como también los grandes milagros realizados en su favor, y el castigo de su idolatría e ingratitud, fueron registrados para nuestro beneficio. El ejemplo del antiguo Israel es dado como advertencia para el pueblo de Dios, a fin de que evite la incredulidad y escape a su ira. Si las ini­quidades de los hebreos hubiesen sido omitidas del relato sagrado, y se hubiesen relatado solamente sus virtudes, su historia no nos habría enseñado la lección que nos enseña…

Si los hijos de Dios quisieran reconocer cómo los trata él y acep­tasen sus enseñanzas, sus pies hallarían una senda recta, y una luz los conduciría a través de la oscuridad y el desaliento…

Los pecadores que se arrepienten no tienen motivo para desesperar porque se les recuerden sus transgresiones y se les amoneste acerca de su peligro. Los mismos esfuerzos hechos en su favor demuestran cuán­to los ama Dios y desea salvarlos. Ellos solo deben pedir su consejo y hacer su voluntad para heredar la vida eterna. Dios presenta a su pueblo que yerra los pecados que comete, a fin de que pueda ver su enormidad según la luz de la verdad divina. Su deber es entonces renunciar a ellos para siempre.

Dios es hoy tan poderoso para salvar del pecado como en los tiem­pos de los patriarcas, de David y de los profetas y apóstoles. La multi­tud de casos registrados en la historia sagrada, en los cuales Dios libró a su pueblo de sus iniquidades, debe hacer sentir al cristiano de esta época el anhelo de recibir instrucción divina y celo para perfeccionar un carácter que soportará la detenida inspección del juicio (Conflicto y valor, p. 8).

En cada generación ha brillado una luz mayor, y nosotros somos responsables por el uso que le demos a esa luz. Aquellos que pretenden servir a Dios pero son amadores de los placeres, son egoístas y tratan de cumplir con sus ambiciosos proyectos, son más pecadores que el antiguo Israel, porque hay una luz mayor que brilla sobre ellos. Tienen acceso a la experiencia pasada de Israel y conocen los resultados de su desobediencia. Han escuchado las advertencias y amonestaciones divinas para evitar los errores de los antiguos, y si se mantienen en su curso de acción pecaminoso, son más inexcusables que el antiguo Israel. Muchos se asombran de la ingratitud de los israelitas frente a las manifestaciones del amor y cuidado de Dios por ellos. Piensan que ellos no serían culpables de tal actitud. Pero preguntémonos: ¿Cuánta gratitud le mostramos a Dios por su bondad amante y tierna misericor­dia? ¡Cuán fácilmente nos olvidamos de Dios y de su Hijo a quien él ha enviado! Cuando descuidamos el dar gracias a Dios por sus continuas misericordias, caemos bajo el mismo pecado en el que cayó el antiguo Israel (Review and Herald, 21 de mayo, 1895).

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