Lunes 19 de noviembre:

La naturaleza de la iglesia: Parte 2

El Señor Jesús siempre tendrá un pueblo  escogido que le servirá. Cuando el pueblo judío rechazó a Cristo, el Príncipe de la v ida, él les quitó el reino de Dios y se lo dio a los gentiles. Dios continúa obrando de acuerdo con este principio en cada rama de su obra. Cuando una iglesia demuestra que es infiel a la obra del Señor, no importa  cuán alto y sagrado pueda ser su llamado, Dios no puede seguir trabajando con ella. Otros son escogidos entonces para llevar importantes responsabilidades. Pero si éstos a su vez no purifican sus vidas de toda acción errónea, si no establecen principios puros y santos en todos sus límites, entonces el Señor los afligirá y humillará dolorosamente  y, a menos que se arrepientan, los quitará de su lugar y hará que sean un baldón…

Dios no “es honrado  por manos de hombres, como si necesitase de algo” (Hechos 17:25). Ningún despliegue de magnificencia exterior puede agradar a Dios cuando el corazón está sirviendo a los ídolos y las manos están contaminadas de iniquidad. El Espíritu Santo se unirá con los que estén en la iglesia y caminen humildemente con Dios, con contrición de corazón. Santifica a todo los que miran a Dios y caminan en las huellas de Cristo, los consuela y les da la victoria sobre el mundo. El pueblo de Dios, su reino elegido, no es como una fuente estancada. Es como un río que fluye constantemente y que a medida que avanza se vuelve más profundo y más ancho, hasta que sus aguas vitalizantes se extienden sobre toda la tierra. Dondequiera el evangelio de Dios es recibido, su gracia sana las enfermedades producidas por el pecado. El Sol de Justicia se levanta llevando sanidad en sus rayos. Luz, fortaleza y refrigerio vienen del Señor, y el buen fruto producido da testimonio de una obra de justicia (Alza tus ojos, p. 129).

Cristo envía a sus mensajeros a toda parte de su dominio para comunicar su voluntad a sus siervos. Él anda en medio de sus iglesias. Desea santificar, elevar y ennoblecer a quienes le siguen. La influencia de los que creen en él, será en el mundo un sabor de vida para vida. Cristo tiene las estrellas en su diestra, y es su propósito dejar brillar por intermedio de ellas su luz para el mundo. Así desea preparar a su pueblo para un servicio más elevado en la iglesia celestial. Nos ha confiado una gran obra. Hagámosla fielmente. Demostremos en nuestra vida lo que la gracia divina puede hacer por la humanidad.

Cuando el Espíritu Santo rija la mente de los miembros de nuestras iglesias, se verá en ellas una norma  mucho más alta que la que se ve ahora en el hablar, en el ministerio y en la espiritualidad. Los miembros de las iglesias serán refrigerados por el agua de la vida, y los obreros, trabajando bajo una Cabeza, a saber Cristo, revelarán a su Maestro en espíritu, en palabra y en acción, y se alentarán unos a otros a progresar en la grandiosa obra final en la cual están empeñados. Habrá un sano incremento de la unidad y del amor, que atestiguará al mundo que Dios envió a su Hijo a morir por la redención  de los pecadores. La verdad divina será exaltada; y mientras resplandezca  como lámpara que arde, la comprenderemos cada vez más claramente (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 213, 214).

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