NOTAS DE ELENA 2013Lunes 21 de enero:
La creación en los Salmos
La religión pura y sin mácula ennoblece al que la posee. En el verdadero cristiano siempre se encontrará una alegría distinguida, una santa y feliz confianza en Dios, una sumisión a sus providencias que refrescará el alma. En cada bendición que recibe el cristiano, se pueden ver el amor y la benevolencia de Dios. Las bellezas naturales son dignas de nuestra admiración. Al estudiar la hermosura natural que nos rodea, la mente es conducida mediante la naturaleza al Au-tor de todo lo que es bello. Todas las obras de Dios hablan a nuestros sentidos y magnifican su poder y exaltan su sabiduría. Cada cosa creada posee encantos que interesan al hijo de Dios y acostumbran su gusto a considerar que todas estas preciosas evidencias del amor de Dios están por encima de la obra y la habilidad humanas (Exaltad a Jesús, p. 299).

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él me-moria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmo 8:3, 4).
Dios nos insta a contemplar sus obras en el mundo natural. Desea que todos apartemos nuestra mente del estudio de lo artificial para dedicarlo a lo natural. Lo comprenderemos mejor al elevar nuestra mirada a las colinas de Dios, y contemplar las obras que él ha hecho con sus propias manos. Su mano ha modelado las colinas, y las ha puesto en equilibrio en su sitio, a fin de que no se muevan sino a su mandato. El viento, el sol, la lluvia, la nieve y el hielo son servidores que cumplen su voluntad (Hijos e hijas de Dios, p. 112).

Adán estuvo rodeado con todo lo que podía desear su corazón. Estaba atendida cada necesidad suya. No había pecado ni había se-ñales de decadencia en el glorioso Edén. Los ángeles de Dios conver-saban libre y amablemente con la santa pareja. Las felices aves cano-ras gorjeaban sus inocentes y gozosos cantos de alabanza a su Crea-dor. Los pacíficos cuadrúpedos, en su feliz inocencia, jugaban en torno de Adán y Eva, obedientes a la palabra de ellos. Adán se halla-ba en la perfección de su virilidad, y era la más noble obra del Crea-dor. Estaba creado a la imagen de Dios, pero era un poco menor que los ángeles (Mensajes selectos, tomo 1, p. 314).

Una vez creada la tierra con su abundante vida vegetal y animal, fue introducido en el escenario el hombre, corona de la creación para quien la hermosa tierra había sido aparejada. A él se le dio dominio sobre todo lo que sus ojos pudiesen mirar; pues, “dijo Dios: Haga-mos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree… en toda la tierra. Y crió Dios al hombre a su imagen… varón y hembra los crió” (Génesis 1:26, 27).

Aquí se expone con claridad el origen de la raza humana; y el re-lato divino está tan claramente narrado que no da lugar a conclusio-nes erróneas. Dios creó al hombre conforme a su propia imagen. No hay en esto misterio. No existe fundamento alguno para la suposi-ción de que el hombre llegó a existir mediante un lento proceso evolutivo de las formas bajas de la vida animal o vegetal. Tales enseñan-zas rebajan la obra sublime del Creador al nivel de las mezquinas y terrenales concepciones humanas. Los hombres están tan resueltos a excluir a Dios de la soberanía del universo que rebajan al hombre y le privan de la dignidad de su origen. El que colocó los mundos es-trellados en la altura y coloreó con delicada maestría las flores del campo, el que llenó la tierra y los cielos con las maravillas de su po-tencia, cuando guiso coronar su gloriosa obra, colocando a alguien para regir la hermosa tierra, supo crear un ser digno de las manos que le dieron vida. La genealogía de nuestro linaje, como ha sido revelada, no hace remontar su origen a una serie de gérmenes, mo-luscos o cuadrúpedos, sino al gran Creador. Aunque Adán fue for-mado del polvo, era el “hijo de Dios” (Lucas 3:38, V.M.).

Adán fue colocado como representante de Dios sobre los órdenes de los seres inferiores. Éstos no pueden comprender ni reconocer la soberanía de Dios; sin embargo, fueron creados con capacidad de amar y de servir al hombre. El salmista dice: “Hicístelo enseñorear de las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies… asimismo las bestias del campo; las aves de los cielos… todo cuanto pasa por los senderos de la mar” (Salmo 8:6-8). (Patriarcas y profetas, pp. 24, 25).

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