«El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. » Juan 6:63.

Jesús le dijo a Marta algo que parecía demasiado bueno para ser verdad. Con toda claridad, declaró: «Tu hermano resucitará». De tener suficiente fe, ella podría haber dicho: «Señor, gracias por la promesa. Estoy segura de que en cualquier momento lo veremos sentado a la mesa, comiendo con nosotros». Pero no, ella solo pensaba en una posibilidad futura y respondió: «Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final» (Juan 11: 24).

Muchas son las preciosas verdades que han sido puestas a un lado como reliquias del pasado. Decimos: «Sí, creemos esa promesa. Es una verdad extraordinaria». Y, acto seguido, nos apresuramos a archivarla cuidadosamente. Creer una verdad de manera que se la pone en cama y se la hace reposar sobre una mullida almohada de olvido es lo mismo que no creerla en absoluto.

A menudo, hacemos con las promesas de Jesús como aquella pareja de ancianos hizo con un precioso documento que habría solucionado su futuro si hubieran estado conscientes de su valor real. Al entrar en casa de una parecía pobre, un caballero vio que de la pared colgaba un marco con un billete de mil francos franceses. Preguntó a los ancianos: «¿Cómo lo consiguieron?». Le contaron que habían acogido a un pobre soldado francés y lo habían cuidado hasta su muerte. Él les había dado esa retrato suyo como recuerdo. Pensaron que quedaría bonito si lo enmarcaban y por eso estaba colgado de la pared de la granja. Al enterarse de que, si lo cambiaban por dinero, podía valer una pequeña fortuna, quedaron estupefactos.

¿No hacemos nosotros algo similar con cosas infinitamente más preciosas? ¿Acaso no leemos algunas de las promesas de Jesús y decimos: «Son preciosas», para luego no reclamarlas cuando las necesitamos? Nosotros hacemos lo mismo que Marta cuando tomó las palabras: «Tu hermano resucitará» y las puso en el extraordinario marco de «la resurrección, en el día final». Ojalá tuviéramos fe para transformar los lingotes de oro de las promesas de Dios en monedas cotidianas y las usáramos como dinero de bolsillo.

Señor, reclamo tus preciosas promesas. Basado en Juan 11:1 -44

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