«Hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8).

 Cuanto más nos parezcamos a Cristo, más nos esforzaremos por servir a los que nos rodean. Un siervo es aquel que se preocupa por los actos y los intereses de su amo. Siempre está dispuesto a mostrarle a su amo que solo quiere hacer lo que le complace y le es de provecho. Jesús vivió para agradar a su Padre, por lo que nosotros tenemos que vivir para agradar a Jesús.

¿Qué obra quiere Cristo que hagamos? La forma de servirlo, nos dice él, es convertirnos en siervos de nuestros hermanos y hermanas en la fe y estar dispuestos a hacer cualquier cosa, por costosa, aburrida o humilde que sea, para ayudarlos. Tal como mostró en la última cena, cuando tomó el lugar del siervo y lavó los pies de los discípulos, nos enseñó qué es realmente amar.

Ser como Jesús implica que querremos vivir para bendecir a los demás. La razón por la que a menudo no somos una bendición para los demás estriba en que pensamos que, gracias a los dones que Dios nos otorgó, somos superiores a ellos o, cuando menos, sus iguales. Si del Señor aprendiésemos a ayudar a los demás con el espíritu de un siervo, podríamos ser una gran bendición.

Al lavar los pies de sus discípulos, Jesús hacía dos cosas: (1) ministraba físicamente, lavando y refrescando sus pies y (2) ministraba espiritualmente, dándoles un ejemplo. Cuando las iglesias socorren las necesidades físicas de los demás, la gente suele abrir el corazón y está dispuesta a escuchar el evangelio.

Así trabajaba Jesús. «Mientras él pasaba por los pueblos y las ciudades, era como una corriente vital que difundía vida y gozo por dondequiera que fuese. Los seguidores de Cristo han de trabajar como él obró. Hemos de alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos y consolar a los dolientes y afligidos. Hemos de ministrar a los que desesperan e inspirar confianza a los descorazonados» (El Deseado de todas las gentes, cap. 37, p. 323).

«Si nos humilláramos delante de Dios, si fuéramos bondadosos, corteses, compasivos y piadosos, habría cien conversiones a la verdad donde ahora hay una sola» (Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 152). Basado en Juan 13:15

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