Lunes 3 de diciembre:

La ley moral hoy

Cristo presentó ante la gente la santidad de la ley y la resumió con estas palabras: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… y a tu prójimo como a ti mismo”. Es la suma de los deberes de los seres huma­ nos hacia  Dios y hacia sus prójimo s. Esta ley existía en el Edén antes que hubiera un pueblo llamado judío, y posteriormente fue proclamada en el Sinaí por el mismo Jesucristo, no solo para que la obedecieran sino como los oráculos vivientes de Dios. Su ley es la expresión de su bondad y amor, y la transcripción de su carácter. No hay poder en la ley para perdonar al transgresor; las buenas nuevas de la salvación median­ te nuestro Mediador son su única esperanza. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

A través del plan de salvación la ley mantiene su dignidad al con­ denar al pecador, y el pecador puede ser salvado mediante la propiciación de Cristo por nuestros pecados, “en quien tenernos redención por su sangre, el perdón de pecados”. La ley no ha sido cambiada en ningún sentido para amoldarse al hombre en su condición caída. Permanece como siempre ha sido: santa, justa y buena. “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma”. Es justa, y debe ser respetada y honrada, porque convence al pecador de su pecado y le muestra su necesidad de un Salvador. Entonces lo lleva a arrepentirse y ejercer fe en nuestro Señor Jesucristo (Review and Herald, 23 de mayo, 1899).

La sofistería de Satanás consiste en hacer creer que la muerte de Cristo trajo la gracia que reemplazó  a la ley. La muerte de Cristo no cambia o anula o debilita en el menor grado la ley de los diez mandamientos. Esa preciosa gracia ofrecida al hombre por medio de  la sangre de Cristo, establece la ley de Dios. Desde la caída del hombre, el gobierno moral de Dios y su gracia son inseparables. Van de la mano a través de todas las dispensaciones. “La misericordia y la verdad se encontraron: la justicia  y la paz se besaron”.

Así como el sacrificio en beneficio nuestro fue completo, así también nuestra restauración de la corrupción del pecado debe ser completa. La ley de Dios no disculpará ningún acto de perversidad; ninguna injusticia escapará su condenación. El sistema moral del evangelio no reconoce otro ideal que el de la perfección del carácter divino. La vida de Cristo fue el perfecto cumplimiento de todo precepto de la ley. Él dijo: “He guardado los mandamientos de mi Padre” (Juan  15:10). Su vida es para nosotros ejemplo de obediencia y servicio. Dios solo puede renovar el corazón, “Porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por u buena voluntad”. Pero nosotros tenemos que ocupamos en nuestra salvación (Filipenses 2:12, 13).

La obediencia a los estatutos y leyes divinas, significa la vida y prosperidad  de su pueblo.

Para los obedientes hijos de Dios, los mandamientos  son una delicia (La fe por  la cual vivo, p. 91).

La observancia de los mandamientos de Dios lo honra y glorifica en sus elegidos. Por lo tanto, cada  alma a quien Dios le ha dado la facultad  de  razonar  está  bajo  la  obligación  de escudriñar  la Palabra para averiguar todo lo que él nos ha ordenado como posesión adquirida. Deberíamos procurar comprender todo lo que la Palabra requiere de nosotros en el sentido de la obediencia y la observancia de sus preceptos. No podemos manifestar más honor a nuestro Dios, a quien pertenecemos por creación y redención, que dando evidencia ante los seres celestiales, los mundos no caídos y los hombres caídos, de que atendemos diligentemente todos sus mandamientos, que son los principios que gobiernan su reino (A fin de conocerle, p. 299).

 

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