NOTAS DE ELENA 2013Martes 1 de enero:
El poder de su palabra
Puesto que el libro de la naturaleza y el de la revelación llevan el sello de la misma Mente maestra, no pueden sino hablar en armonía. Con diferentes métodos y lenguajes, dan testimonio de las mismas grandes verdades. La ciencia descubre siempre nuevas maravillas, pero en su investigación no obtiene nada que, correctamente comprendido, discrepe con la revelación divina. El libro de la naturaleza y la Palabra escrita se alumbran mutuamente. Nos familiarizan con Dios al enseñarnos algo de las leyes por medio de las cuales él obra.
Sin embargo, algunas deducciones erróneas de fenómenos observados en la naturaleza, han hecho suponer que existe un conflicto entre la ciencia y la revelación y, en los esfuerzos realizados para restaurar la armonía entre ambas, se han adoptado interpretaciones de las Escrituras que minan y destruyen la fuerza de la Palabra de Dios.

Se ha creído que la geología contradice la interpretación literal del relato mosaico de la creación. Se pretende que se requirieron millones de años para que la tierra evolucionara a partir del caos, y a fin de acomodar la Biblia a esta supuesta revelación de la ciencia, se su-pone que los días de la creación han sido vastos e indefinidos períodos que abarcan miles y hasta millones de años.
Semejante conclusión es enteramente innecesaria. El relato bíblico está en armonía consigo mismo y con la enseñanza de la naturaleza. Del primer día empleado en la obra de la creación se dice: “Y fue la tarde y la mañana un día”. Lo mismo se dice en sustancia de cada uno de los seis días de la semana de la creación. La inspiración de-clara que cada uno de esos períodos ha sido un día compuesto de mañana y tarde, como cualquier otro día transcurrido desde enton-ces. En cuanto a la obra de la creación, el testimonio divino es como sigue: “Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió”. ¿Cuánto tiempo necesitaría para sacar la tierra del caos Aquel que podía lla-mar de ese modo a la existencia a los mundos innumerables? Para dar razón de sus obras, ¿hemos de violentar su Palabra? (La educa-ción, pp. 128, 129).
En la palabra de Dios está la energía creadora que llamó los mun-dos a la existencia. Esta palabra imparte poder; engendra vida. Cada orden es una promesa; aceptada por la voluntad, recibida en el alma, trae consigo la vida del Ser infinito. Transforma la naturaleza y vuel-ve a crear el alma a imagen de Dios (La educación, p. 126).
Dios creó la semilla, como creó la tierra, mediante su palabra. Por su palabra él le dio el poder de crecer y multiplicarse. Dijo: “Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé simiente; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su simiente esté en él, sobre la tierra: y fue así… Y vio Dios que era bueno”. Es esa palabra la que todavía hace que brote la semilla. Toda semilla que hace subir su verde espi-ga a la luz del sol, declara el milagroso poder de esa palabra pronun-ciada por Aquel que “dijo, y fue hecho”, que “mandó, y existió” (Pa-labras de vida del Gran Maestro, p. 58).

Dios habló, y sus palabras crearon las obras del mundo natural. La creación de Dios no es sino un almacén de medios, listos para que él los emplee instantáneamente en realizar lo que le plazca. No hay nada que sea inútil, pero la maldición permitió que el enemigo sem-brara espinas y cardos. ¿Podrá ser que únicamente los seres raciona-les causen confusión en nuestro mundo? ¿No habremos de vivir para Dios? ¿No lo hemos de honrar? Nuestro Dios y Salvador es Omnisa-piente, todo suficiente. Vino a este mundo para que su perfección se pudiera revelar en nosotros (Exaltad a Jesús, p. 60).

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