Notas de Elena - Libro - Segundo trimestre 2013 - Escuela Sabática

Notas de Elena – Libro – Segundo trimestre 2013 – Escuela Sabática

Martes 7 de mayo:

El salmo de Jonás

Por fin Jonás había aprendido que “la salvación es de Jehová” (Jonás 2:9). “Ciertamente en Jehová nuestro Dios está la salvación de Israel” (Jeremías 3:23). Los seres humanos se han vendido al enemigo de toda justicia y no pueden redimirse a sí mismos. El aceptar a Cristo como su Salvador personal es el único camino para ser librados del poder del enemigo.

El ser humano, en su orgullo, busca otro camino de salvación aparte del que fue planeado por Dios. No quiere aparecer como inútil, y por eso se resiste a reconocer a Cristo como el único que puede salvar hasta lo sumo. Pero de Cristo está escrito: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hom­bres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordio­so y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:16-18). La palabra que describe la vida que Cristo vivió en favor de la raza caída es “salvación”. El reconocer la gracia salvadora de Dios trae liberación. Jonás fue librado de los peligros de las profundidades que lo rodeaban y fue devuelto a tierra seca (Review and Herald, 4 de diciembre, 1913).

Sé que los seres humanos sufren mucho porque salen de la senda que Dios ha elegido para ellos. Caminan a la luz de las chispas del fuego que ellos mismos han encendido, y el resultado inevitable es la aflicción, la intranquilidad y el pesar, males que habrían podido evitar, si hubieran sometido su voluntad a la de Dios, y le hubieran permitido dirigir sus pasos. Dios considera necesario contradecir nuestra voluntad y proceder, y poner bajo sujeción nuestra voluntad humana.

Cualquiera que sea la senda que Dios ha escogido para nosotros, cualquiera que sea el camino que ordena para nuestros pies, ese es el único camino de seguridad. Diariamente debemos manifestar el espíritu de sumisión infantil, y orar para que nuestros ojos sean ungidos con el colirio celestial, a fin de que podamos discernir las indicaciones de la voluntad divina, para que no se confundan nuestras ideas a causa de la omnipotencia de nuestra propia voluntad. Con los ojos de la fe, con una sumisión infantil como hijos obedientes, debemos mirar a Dios, seguir su dirección, y así desaparecerán las dificultades. La promesa es: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos” (Salmo 32:8).

Si acudimos a Dios con una disposición humilde y deseos de apren­der, sin llevar preparados nuestros planes antes de pedirle consejo, y dispuestos según nuestra propia voluntad, sino con sumisión, dispuestos a ser enseñados con fe, será nuestro privilegio reclamar las promesas cada hora del día. Debemos desconfiar de nosotros mismos y vigilar nuestras propias fuertes tendencias e inclinaciones, para no actuar según nuestras propias ideas y planes y pensar que estamos haciendo la volun­tad del Señor (A fin de conocerle, p. 251).

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