Martes 13 de noviembre:

La preparación y el escudo de la fe

En todas partes hay trabajo para hacer; en el territorio que nos rodea y en las regiones lejanas. Que Dios nos ayude a estar preparados para la batalla habiéndonos colocado toda la armadura, y nuestros pies calzados con el apresto del evangelio de paz. Eso es lo que necesi­tamos: que tengamos paz. Al hacerlo, estamos educando y formando caracteres para la futura vida inmortal. Yo quiero tener un hogar con los benditos del Padre, y quiero que ustedes también lo tengan. Por eso quiero trabajar en armonía con todos; y desearía que los que tienen un temperamento impetuoso que en ocasiones los hace hablar frenéticamente, cuando comiencen a hablar de esa manera, recuerden a Cristo, se sienten inmediatamente, y se mantengan en silencio. Que Dios nos ayude a controlar nuestra lengua. La voz es un precioso talento y debe ser utilizado con un propósito que no es justamente el de jurar. El que se permite actuar con un temperamento airado, es lo mismo que si jurara. Que Dios nos ayude a someternos a Jesús y mostrar su carácter aquí y ahora (General Conference Bulletin, 3 de abril, 1901).

“Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16).

Satanás aguarda su oportunidad para arrebatar las gracias preciosas cuando estamos desprevenidos, y tendremos que sostener un severo conflicto con las potestades de las tinieblas para retenerlas, o para recu­perar una gracia celestial si por falta de vigilancia la perdemos. Pero… es privilegio de los creyentes obtener fuerza de Dios para retener todo don precioso. La oración ferviente y eficaz será tenida en cuenta en el cielo. Cuando los siervos de Cristo toman el escudo de la fe para defenderse, y la espada del Espíritu para la guerra, hay peligro en el campamento del enemigo.

En medio de las trampas a las cuales todos están expuestos, nece­sitan defensas fuertes y dignas de confianza en las cuales descansar. Muchos en esta era corrupta tienen tan poca provisión de la gracia de Dios, que en muchos casos sus defensas se quebrantan al primer asalto, y las fieras tentaciones los arrastran cautivos. El escudo de la gracia puede mantener a todos invictos frente a las tentaciones del enemigo, aunque estén rodeados de las más corruptas influencias. Gracias al fírme apego a los principios y a la inconmovible confianza en Dios, su virtud y nobleza de carácter pueden resplandecer y, aunque se encuen­tren rodeados por el mal, ninguna mancha se depositará sobre su virtud y su integridad.

La obra de vencer el mal debe ser hecha por la fe. Los que sal­gan al campo de batalla encontrarán que deben revestirse de toda la armadura de Dios. El escudo de la fe será su defensa, y los habilitará a ser más que vencedores. Ninguna otra cosa tendrá valor sino la fe en Jehová de los ejércitos, y la obediencia a sus órdenes, Los vastos ejér­citos pertrechados con todas las otras cosas no tendrán valor alguno en el último gran conflicto. Sin fe, una hueste angélica no podría ayudar. Solamente la fe viva los hará invencibles, y los habilitará para, subsistir en el día malo, manteniéndose firmes, inconmovibles, y conservando firme hasta el fin el comienzo de su confianza (La maravillosa gracia de Dios, p. 33).

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