«Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré».  2 Corintios 6:17.

 En Ohio, el estado donde crecí, hay una planta cuyas hojas contienen un aceite venenoso. Se trata de la hiedra venenosa. Como crece por todas partes, era inevitable que, jugando, tocara las hojas y, en consecuencia, el aceite entrara en contacto con mi piel. El aceite venenoso causa una terrible urticaria y picazón. Que yo sepa, no hay cura. Lavar con agua y jabón la zona afectada puede ayudar; pero, a veces, lo único que se consigue es esparcir más el aceite y afectar otras partes del cuerpo. Hay pomadas que ayudan a reducir la picazón, pero el veneno tiene que seguir su curso.

El aceite es tan penetrante que una persona se puede contaminar con tan solo estar expuesta al humo de la planta quemada. Un amigo mío arrancó un poco de hiedra venenosa de su propiedad y la quemó. Por desgracia, el humo lo rodeó y la erupción fue tal que tuvo que ir al hospital. He llegado a oír historias de personas que se han contaminado por acariciar animales que tenían aceite venenoso en el pelaje.

Por suerte, hace años que en casa ya no hay hiedra venenosa; aunque estoy seguro de que todavía me produciría alergia. La razón por la que, a estas alturas de la vida, no me contamino es que sé qué aspecto tiene y me aparto de ella. Entonces, ¿cuál es el secreto para no sufrir los efectos de la hiedra venenosa? ¡El secreto es mantenerse alejado de ella!

La vida responde a la ley de la causa y el efecto.  Si no sabemos qué causa ciertas cosas, pasaremos por la vida sufriendo sus efectos. A veces nos gastamos verdaderas fortunas tratando los efectos, mientras prestamos poca atención a las causas. Otras, aun sabiendo la causa, cuando se nos pasa la picazón, volvemos a aquello que nos causó el sufrimiento.

Si queremos obtener la victoria sobre el pecado, tenemos que permanecer alejados de los lugares donde sabemos que está el pecado. «Por lo cual, “salid de en medio de ellos y apartaos”, dice el Señor, “y no toquéis lo impuro; y yo os recibiré”» (2 Cor. 6: 17).  Basado en Juan 17:13-15.

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