Vale más la buena fama que las muchas riquezas, y más que oro y plata, la buena reputación. Proverbios 22:1, NVI

 Imagina que un grupo de muchachos conversa animadamente en el patio del colegio sobre el partido de fútbol de la noche anterior. Entonces uno de ellos se da cuenta de que Carmen, la chismosa, camina por la acera a cierta distancia de ellos. ¿Qué crees que ocurrirá con el tema de la conversación? ¿Seguirán hablando de fútbol?

Ahora bien, supongamos que son muchachas las que hablan, en este caso de la ropa que usarán en el banquete de graduación. Entonces ven que Carlos, el donjuán del colegio, se acerca. ¿Seguirán hablando de modas?

En cada caso, lo más probable es que el tema de conversación cambie. Los muchachos dirán algunas cosas acerca de Carmen. Y lo mismo harán las muchachas de Carlos. ¿Qué dirán de cada uno? Lo que se diga de cada uno girará alrededor de los rasgos sobresalientes del carácter de cada uno: de lo chismosa que es Carmen; y de lo creído que es Carlos.

Lo queramos o no, tenemos el hábito de etiquetar a la gente. Y la etiqueta que colocamos en la frente de cada uno se relaciona, en última instancia, con la reputación de cada persona. Si buscas en un diccionario la palabra reputación, encontrarás que se refiere a la «opinión o consideración en que se tiene a alguien o algo» (Diccionario de la Real Academia Española). En lo que a ti respecta, tu reputación es lo que la gente piensa de ti; es decir, cómo te juzgan quienes te conocen. Y por supuesto, tu reputación dependerá de tu carácter. Con razón el Sabio nos aconseja que tengamos en alta estima nuestra reputación o buen nombre, más que las riquezas (ver Prov. 22: 1) y más que el buen perfume (Ecl. 7:1).

Algo más: tu reputación va contigo adondequiera que vayas. Es como esos peces a los que llaman «remoras», que se adhieren a otros peces más grandes (ballenas, tiburones, rayas, etc.). Dondequiera viaja el pez grande, allí también se dirige la remora. Al igual que la remora, tu reputación «viaja» contigo a todas partes.

Por cierto, ¿qué dirá la gente cuando, en lugar de Carmen o Carlos, eres tú el que pasa cerca?

Ayúdame, Señor, a cuidar mi buen nombre, por amor a tu Nombre

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