Martes 18 de diciembre:
LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO

La obra del juicio investigador y  el acto de borrar los pecados deben realizarse antes del segundo advenimiento  del  Señor. En  vista de que los muertos han de ser juzgados según las cosas escritas en los libros, es imposible que los pecados de los hombres sean borrados antes del fin del juicio en que sus vidas han de ser examinadas. Pero el apóstol Pedro dice terminantemente que los pecados de los creyentes serán borrados “cuando vendrán los tiempos  del  refrigerio  de la presencia del  Señor, y enviará a Jesucristo” (Hechos 3:19, 20). Cuando el juicio investigador haya concluido, Cristo vendrá con su recompensa para dar a cada cual según sus obras (El conflicto de los siglos, p. 539).

Una de las verdades más solemnes y más gloriosas que revela la Biblia, es la de la segunda venida de Cristo para completar  la gran obra de la redención. Al pueblo peregrino de Dios, que por  tanto tiempo hubo de morar “en región y sombra de muerte”, le es dada una valiosa esperanza inspiradora de alegría con la promesa  de la venida de Aquel que es “la resurrección y la vida” para hacer “volver a su propio desterrado”. La doctrina del segundo advenimiento es verdaderamente la nota tónica de las Sagradas Escrituras. Desde el día en que la primera pareja se alejara apesadumbrada del Edén, los hijos de la fe han esperado la venid a del Prometido que había de aniquilar el poder destructor de Satanás y volverlos a llevar al paraíso perdido. Hubo santos desde los antiguos tiempos que miraban hacia el tiempo del advenimiento glorioso del Mesías como hacia la consumación de sus esperanzas. Enoc, que se contó entre la séptima generación descendiente de los que moraran en el Edén y que por tres siglos anduvo con Dios en la tierra, pudo contemplar desde lejos la venida del Libertador. “He aquí que vi ene el Señor, con las huestes innumerables de sus santos ángeles, para ejecutar juicio sobre todos” (Judas 14, 15, V.M.). El patriarca Job, en la lobreguez de su aflicción, exclamaba con confianza  inquebrantable: “Pues yo sé que mi Redentor v i ve, y que en lo venidero ha de levantarse sobre la tierra… aun desde mi carne he de ver a Dios; a quien yo tengo de ver por mí mismo, y mis ojos le mirarán; y ya no como a un extraño” (Job 19:25-27, V. M.) (El conflicto de los siglos, p. 544).

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