Mujeres¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor! Alaba, alma mía, al Señor. Alabaré al Señor toda mi vida; mientras haya aliento en mí, cantaré salmos a mi Dios. Salmo 146:1-2

La alabanza es una expresión que surge del alma y del espíritu, y nos lleva a reconocer la grandeza y las bondades de Dios. Es prácticamente increíble que alguien tan magnífico como Dios se digne a mirar a las criaturas terrenales, y además las cuide con tan tierna solicitud como lo hace con nosotros. Por ese simple hecho, brotan de nuestros labios expresiones y sonidos en acción de gracias al Creador.

Cuando reconocemos la grandeza de Dios, nos damos cuenta también de cuán pequeños somos nosotros, los seres humanos. Entonces surge de lo profundo del corazón la alabanza que se traduce en himnos de honra, adoración, exaltación por sus obras, y contrición del corazón. Podemos expresar: “Alaba, alma mía, al Señor; alabe todo mi ser su santo nombre. Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios” (Sal. 103:1-2).

La persona que alaba a Dios se coloca, sin darse cuenta, en una posición de humildad que la hace sensible a la voz del Espíritu Santo. Entonces es capaz de reconocer todos sus favores, experimentar gozo y gratitud que se convierten en salud abundante. La alabanza es una actitud que podemos desarrollar con voluntad, hasta que la hagamos parte de nuestra manera de ser. Al cantar un himno, al leer un salmo o al orar, estamos alabando al Señor, y en estas acciones tenemos el privilegio de sentir al Espíritu Santo, que nos ayuda a tener comunicación directa con el Creador. Amiga, te invito a que sientas la presencia del Señor en tu vida diaria mediante la alabanza; haz de ello un hábito. Alabemos a Dios con el intelecto y con el espíritu, lo que significa reflexionar sobre la gracia y la misericordia de que somos objeto y, por otro lado, permitamos que nuestro espíritu libere las expresiones de contentamiento y alabanza por todas sus bondades.

Hoy es un buen día para alabar al Señor. El primer paso para llevarlo a cabo es comenzar a sentir su presencia dondequiera que vayamos. Así desarrollaremos comunión con él y seremos renovadas y vivificadas. Ojalá hoy puedas decir: “Mi boca rebosa de alabanzas a tu nombre, y todo el día proclama tu grandeza” (Sal. 71:8).

LECTURAS DEVOCIONALES PARA LA MUJER

ALIENTO PARA CADA DÍA

Por: Erna  Alvarado

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