xnotas de elenaMartes 25 de diciembre:
EVENTOS AL FINAL DEL MILENIO
Al fin de los mil años vendrá la segunda resurrección. Entonces los impíos serán resucitados, y comparecerán ante Dios para la ejecución del juicio “decretado”. Así el escritor del Apocalipsis, después de haber descripto la resurrección de los justos, dice: “Los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años” (Apocalipsis 20:5)…

Entonces Satanás se prepara para la última tremenda lucha por la supremacía. Mientras estaba despojado de su poder e imposibilitado para hacer su obra de engaño, el príncipe del mal se sentía abatido y desgraciado; pero cuando resucitan los impíos y ve las grandes multitudes que tiene a su lado, sus esperanzas reviven y resuelve no rendirse en el gran conflicto. Alistará bajo su bandera a todos los ejércitos de los perdidos y por medio de ellos tratará de ejecutar sus planes. Los impíos son sus cautivos. Al rechazar a Cristo aceptaron la autoridad del jefe de los rebeldes. Están listos para aceptar sus sugestiones y ejecutar sus órdenes. No obstante, fiel a su antigua astucia, no se da por Satanás. Pretende ser el príncipe que tiene derecho a la posesión de la tierra y cuya herencia ·le ha sido arrebatada injustamente. Se presenta ante sus súbditos engañados como redentor,  asegurándoles que su poder los ha sacado de sus tumbas, y que está a punto de librarlos de la más cruel tiranía. Al no estar presente Cristo, Satanás obra milagros para sostener sus pretensiones. Fortalece a los débiles y a todos infunde su propio espíritu y energía. Propone dirigirlos contra el campamento de los santos y tomar posesión de la ciudad de Dios. En un arrebato belicoso señala los innumerables millones que han sido resucitados de entre los muertos, y declara que como jefe de ellos es muy capaz de destruir la ciudad y recuperar su trono y su reino (¡Maranata: El Señor viene!, p. 335).

Entonces Cristo reaparece a la vista de sus enemigos. Muy por encima de la ciudad, sobre un fundamento de oro bruñido, hay un trono alto y encumbrado. En el trono está sentado el Hijo de Dios, y en tomo suyo están los súbditos de su reino. Ningún lenguaje, ninguna pluma pueden expresar ni describir el poder y la majestad de Cristo. La gloria del Padre eterno envuelve a su Hijo. El esplen-dor de su presencia llena la ciudad de Dios, rebosando más allá de las puertas e inundando toda la tierra con su brillo.
Inmediatos al trono se encuentran los que fueron alguna vez celosos en la causa de Satanás, pero que, cual tizones arrancados del fuego, siguieron luego a su Salvador con profunda e intensa devoción. Vienen después los que perfeccionaron su carácter cristiano en medio de la mentira y de la incredulidad, los que honraron la ley de Dios cuando el mundo cristiano la declaró abolida, y los millones de todas las edades que fueron martirizados por su fe. Y más allá está la “grande muchedumbre, que nadie puede contar, de entre todas las naciones, y las tribus, y los pueblos, y las len-guas… de pie ante el trono y adelante del Cordero, revestidos de ropas blancas, y teniendo palmas en sus manos” (Apocalipsis 7:9, V .M.)…
En presencia de los habitantes de la tierra y del cielo reunidos, se efectúa la coronación final del Hijo de Dios. Y entonces revesti-do de suprema majestad y poder, el Rey de reyes falla el juicio de aquellos que se rebelaron contra su gobierno, y ejecuta sentencia contra los que transgredieron su ley y oprimieron a su pueblo (¡Maranata: El Señor viene!, p. 337).
Los impíos reciben su recompensa en la tierra (Proverbios 11:31). “Serán estopa; y aquel día que vendrá, los abrasará, ha di-cho Jehová de los ejércitos” (Malaquías 4: 1). Algunos son destrui-dos como en un momento, mientras otros sufren muchos días. To-dos son castigados “conforme a sus hechos”. Habiendo sido carga-dos sobre Satanás los pecados de los justos, tiene éste que sufrir no solo por su propia rebelión, sino también por todos los pecados que hizo cometer al pueblo de Dios…
La obra de destrucción de Satanás ha terminado para siempre. Durante seis mil años obró a su gusto, llenando la tierra de dolor y causando penas por todo el universo. Toda la creación gimió y su-frió en angustia. Ahora las criaturas de Dios han sido libradas para siempre de su presencia y de sus tentaciones. “¡Ya descansa y está en quietud toda la tierra; prorrumpen los hombres [justos] en cán-ticos!” (Isaías 14:7, V.M.). Y un grito de adoración y triunfo sube de entre todo el universo leal. Se oye “como si fuese el estruendo de una gran multitud, y como si fuese el estruendo de muchas aguas, y como si fuese el estruendo de poderosos truenos, que decían: ¡Aleluya; porque reina el Señor Dios, el Todopoderoso! “ (Apocalip-sis 19:6, V.M.) (El conflicto de los siglos, pp. 331, 332).

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