Martes 27 de noviembre:

La ordenanza de la humildad

El rito del lavamiento de los pies es un rito de servicio. Esta es la lección que el Señor quiere que todos aprendan y practiquen. Cuando este rito se celebra debidamente, los hijos de Dios participan de una santa relación mutua que es ayuda y bendición para ellos.

 

Para que los suyos no se extravíen por el egoísmo que está en el corazón natural y que se fortalece cuando se busca el bien propio, Cristo mismo nos dio un ejemplo de humildad. No dejaría este gran asunto en manos del hombre. Lo consideró de tanta importancia, que él mismo, Aquel que era igual a Dios, lavó los pies de sus discípulos [se cita Juan  13:13-17].

 

Esta ceremonia significa mucho para nosotros. Dios quiere que entendamos toda la escena, y no solo el acto aislado de la limpieza externa. Esta lección no se refiere únicamente a un acto. Debe revelar la gran verdad de que Cristo es un ejemplo de lo que, por su gracia, debemos ser en nuestra relación mutua. Muestra que la vida entera debiera ser un ministerio humilde y fiel… El rito del lavamiento de los pies ilustra basta el máximo la necesidad de la verdadera humil­ dad. Mientras los discípulos luchaban por el lugar más elevado en el reino prometido, Cristo se ciñó y cumplió con el oficio de un siervo lavando los pies de aquellos que lo llamaban Señor. Él, el puro e inmaculado Cordero de Dios, se presentaba como una ofrenda por el pecado; y mientras comía la pascua con sus discípulos, puso fin a los sacrificios que se habían ofrecido durante cuatro mil años. En lugar de la fiesta nacional que el pueblo judío había observado, por medio de la ceremonia del lavamiento de los pies y la cena sacramental instituyó un servicio conmemorativo que debe ser observado por sus seguidores en todos los tiempos y en todos los países. Deben repetir siempre el acto de Cristo para que todos puedan ver que el verdadero servicio exigió un ministerio abnegado (Comentario bíblico adventista, tomo 5, pp.  lll2, 1113).

 

Al celebrar Jesús este rito con sus discípulos, la convicción se apoderó de todos, menos de Judas. Así también nos poseerá la convicción mientras Cristo hable a nuestros corazones. Las fuentes del alma serán depuradas. La mente será vigorizada y, surgiendo a la actividad y la vida, quebrantará toda barrera que haya causado desunión y descarrío. Los pecados que han sido cometidos aparecerán con mayor distinción que nunca antes; pues el Espíritu Santo los traerá a nuestro recuerdo.

 

Las palabras de Cristo: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados  seréis, si las hiciereis”, se verán revestidas de nuevo poder (El evangelismo, p. 203).

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