«Pero yo sé que mi Redentor vive, y que al fin se levantará sobre el polvo» (Job 19:25).

 De las hermanas de Lázaro, Marta era la práctica. Ella era quien se quedaba en casa y se hacía cargo de las tareas domésticas. Mientras María malgastaba los años con inquietudes y extravíos, ella limpiaba, cocinaba y tenía cuidado de Lázaro. Sin duda alguna, Marta pensaba: «María es insensata. Se enamora de cualquiera que le preste un poco de atención. Además, no sabe nada de cuidar la casa». Por su parte, es probable que María pensara de Marta: «Es tan aburrida y sosa… Para la edad que tiene está muy mayor y ajada. Tendría que aprender a relajarse de vez en cuando y pasarla bien».

En aquella hora tan dolorosa, parecía que a Marta le costaba creer que Jesús le estuviera hablando. «Tu hermano resucitará.» De haber creído, esa promesa habría sido un gran consuelo. «Sí, resucitará en el día postrero. Sin duda que, cuando miles de millones salgan de su tumba, Lázaro también estará con ellos».

Nosotros solemos hacer lo mismo. Tomamos las promesas de Dios y decimos: «Es verdad para todos los hijos de Dios… algún día». Pero nos olvidamos del hecho de que son personales, para nosotros, hoy. Dios ha dado una gran bendición a su pueblo escogido. Sí, eso significa que a usted también. Pero sacudimos la cabeza como si la cosa no tuviera que ver con nosotros. Es una fiesta estupenda, pero seguimos hambrientos; es un río caudaloso, pero continuamos sedientos. ¿Por qué?

De alguna manera interpretamos la promesa en términos tan generales que echamos de menos el consuelo que viene cuando las aplicamos personalmente. Que seamos pobres y miserables es responsabilidad nuestra, porque bastaría con que ejercitáramos un poco la fe para que poseyéramos una herencia ilimitada.

Si usted es hijo de Dios, todas sus promesas le pertenecen y son suyas ahora mismo. Si este banquete no lo sacia es porque no tiene suficiente fe. Si, estando a orillas de este río, continúa sediento es porque no se agacha y bebe. Alégrese y esté contento; crea que las promesas del Señor son personales y para usted. Basado en Juan 11:1-44

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