«Prefiero rogártelo en nombre del amor. Yo, Pablo, ya anciano y ahora, además, prisionero de Cristo Jesús, te suplico» (Filemón 1:9,10, NVI).

Hoy nos encontramos en el pequeño libro de Filemón. Aquí podemos notar que Pablo ya era un anciano. Algunos dicen que estaba casi ciego. Ya no podía moverse como cuando era joven, y seguramente tenía dolores y achaques propios de su edad. Pero a pesar de que Pablo no podía hacer algunas de las cosas que hacía de joven, tenía algo que solo se obtiene con los años.

Pablo había conocido a Dios durante muchos años y así como ocurre con cualquier buen amigo, cuanto más lo conocía, más lo amaba. Como Pablo y Dios se conocían desde hacía tantos años, se amaban mucho. Hay ciertas cosas de envejecer que no son muy agradables, pero tú puedes aprender de aquellos que han envejecido en Jesús. Pregúntales cómo puedes ser un mejor cristiano. Pregúntales qué cosas han aprendido de Dios. Diles que los respetas porque han sido fieles a Jesús durante su vida. Entonces, junto a ellos, espera ansiosamente el día del regreso de Jesús en el que tanto jóvenes como ancianos seremos llevados al cielo con él

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