Martes 4 de marzo – Devoción Matutina para Menores 2014 — Los patines plateados

«Puse mi esperanza en el Señor, y él se inclinó para escuchar mis gritos» (Salmo 40: 1).

Los indios atacaban muchas veces los asentamientos de los alrededores de Concord, New Hampshire, Estados Unidos. Allí vivía Daniel Abbot, de doce años. Durante uno de esos ataques, Daniel fue capturado y obligado a caminar con grilletes en los pies junto a otros prisioneros. El chico había escuchado las horribles historias que se contaban sobre las masacres cometidas por los indios y la manera en que arrancaban cabelleras. ¿Lo torturarían? ¿Lo matarían? ¿Lo convertirían en esclavo? No lo sabía. Por el momento, el hecho de estar vivo era suficiente. Durante la larga y fría caminata hacia el norte, Daniel decidió que, en cuanto le fuera posible, se escaparía para regresar a casa.
Una vez llegaron a Canadá, los aterrados prisioneros debían trabajar como esclavos ayudando a las mujeres de la tribu. Daniel se negó y comenzó a competir con los jóvenes guerreros indígenas en sus deportes. Les ganaba una y otra vez. Esto asombró a los indios, que veían a los hombres blancos como una partida de cobardes. Con el tiempo, terminaron admirando al chico, y prometieron adoptarlo y convertirlo en cacique de la tribu.
Aunque Daniel se sentía complacido con su éxito, jamás dejó de extrañar a su familia, especialmente a su papá. Recordaba los cultos a la hora de la comida, en los que su padre leía pasajes de la Biblia. Su padre, que era un hombre pacífico, siempre advertía a Daniel acerca de la violencia: «Espera pacientemente en el Señor. El responderá tus oraciones y proveerá una vía de escape», le decía. El jamás olvidó aquellas palabras. Daniel seguía decidido a escapar apenas se le presentara la oportunidad, pero sin hacer uso de la violencia o poner en peligro la vida de nadie. Solo debía esperar el momento preciso.
Pasaban las semanas y los meses, y Daniel aguardaba su momento. Un ataque a un asentamiento cerca de la frontera finalmente le dio la oportunidad y le hizo recordar una segunda cosa que su padre le había enseñado de niño: patinar sobre hielo. Cuando los guerreros regresaron de su ataque con varios pares de patines, no sabían ni qué eran ni qué hacer con ellos. Daniel les enseñó pacientemente cómo ponérselos. Los indios se tambaleaban y se caían, muy avergonzados. Aunque Daniel era un patinador experto, les hacía creer que él tampoco sabía patinar. A l poco tiempo, los indios desecharon los patines como basura.
(Continuará…)

DEVOCIÓN MATUTINA PARA MENORES 2014
EN LA CIMA
Por: Kay D. Rizzo
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